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lunes, 20 de enero de 2020

Estado y Burocracia: El velo de la contrarrevolución


Estado y Burocracia: 
El velo de la contrarrevolución

Nildo Viana

La burguesía es la clase dominante y se caracteriza por apropiarse del más-valor producido por el proletariado. Así, la clase capitalista, burguesa, y la clase obrera, proletaria, son las dos clases sociales fundamentales del capitalismo, las clases auténticas generadas por el modo de producción capitalista. Sin embargo, existen otras clases sociales, oriundas de modos de producción no-capitalistas o de las formas de regularización de las relaciones sociales. El mantenimiento de la dominación burguesa tiene como soporte al Estado capitalista, la principal forma de regularización de las relaciones sociales en el capitalismo. Sin embargo, el Estado capitalista no está dirigido, en la mayoría de los casos, directamente por la clase capitalista, sino por la burocracia estatal.

¿Qué es la burocracia? Es una clase auxiliar de la burguesía. La clase capitalista al realizar la extracción de más-valor acaba teniendo que realizar el reparto de lo que fue retirado del proletariado. La burguesía, después de apropiarse del más-valor, transfiere parte del más-valor para el Estado, otros sectores del capital, y para sostener sus clases sociales auxiliares. Estas ejecutan trabajo improductivo, es decir, están compuestas por trabajadores asalariados improductivos, no produciendo más-valor y teniendo sus ingresos adquiridos a través del proceso de explotación del proletariado, a través del salario pagado por el Estado o por empresas capitalistas. La burocracia estatal, compuesta por los agentes que hacen funcionar la máquina del Estado, así como otros sectores de la burocracia (empresarial, partidaria, sindical, etc.) es una clase social auxiliar de la burguesía, ejecutando el papel de controlar al proletariado, amortiguando los conflictos sociales y reproducir la explotación.

La burocracia es una clase que se juzga neutral. Esto ocurre debido a que se aproxima a la clase capitalista por su cultura e ingresos, aunque se distingue por no ser propietaria de los medios de producción y no obtener lucro, así como se aproxima al proletariado por la forma de su remuneración, asalariada, pero se distingue de él por no ser un grupo dirigido y sí dirigente, además de la diferencia de cultura e ingresos. La burocracia se divide en diversas fracciones y extractos y, debido a ello, algunas están más cerca del proletariado (renta más baja, situación social inferior) y otras más cercanas a la burguesía, formando sus tendencias más radicales y moderadas, respectivamente. Sin embargo, debido a su carácter de clase, como clase, la burocracia es contrarrevolucionaria, aun cuando se alía al proletariado, pues en este caso quiere ser dirigente del proceso revolucionario y así reproducir las relaciones dirigentes-dirigidos, convirtiéndose en una nueva clase dominante o, se metamorfoseando en burguesía burocrática. La burocracia puede promover una contrarrevolución actuando "por encima" (la burocracia estatal utilizando la represión, la cooptación, y otros mecanismos inhibidores de la acción revolucionaria del proletariado) o "por debajo" (los bajos extractos de la burocracia, más radical y próxima del proletariado que es generada por partidos, sindicatos, etc.) al buscar dirigir al proletariado para tomar el poder estatal.

La burocracia estatal, la más poderosa fracción de la burocracia, está formada por la burocracia estatutaria, es decir, por los cuadros dirigentes de los sectores permanentes del Estado (aparato represivo, aparato judicial, etc.) y por la burocracia gubernamental, que es provisional y sólo permanece está en el gobierno y se coloca en una posición de neutralidad, reproduciendo la ideología de que son "funcionarios del universal". Pero el Estado capitalista, así como el Estado en general, es, por naturaleza, contrarrevolucionario. La razón de ser del Estado es justamente la existencia de la lucha de clases y por eso es parte de esta lucha, estando siempre del lado de la clase dominante. La autonomización de la burocracia estatal o la toma del poder del Estado por otros sectores de la burocracia (partidaria, sindical, etc.) significan nada más que la realización de la contrarrevolución. Otros sectores oriundos de otras clases sociales, una vez tomando el poder estatal, se metamorfosean en burocracia estatal y realizan la contrarrevolución. De esta forma, la ideología de la conquista del poder estatal por el proletariado es contrarrevolucionaria. El Estado no debe ser conquistado y sí destruido. El mantenimiento del Estado significa la permanencia de la dominación y de la explotación. La abolición del Estado es condición de posibilidad de la emancipación humana.

De las luchas espontáneas y autónomas a las luchas autogestionarias

La lucha obrera es una lucha cotidiana contra la burguesía. Tal lucha se realiza en el plano cultural, a través de las contradicciones y resistencias; en las fábricas, a través del absentismo, de las diversas formas de manifestación de las insatisfacciones, del desinterés; en las instituciones burguesas, a través de su negativa pasiva o activa; en todos los momentos y lugares. Pero esta es una lucha que es limitada, pues falta conciencia revolucionaria y autoorganización. Esta forma de lucha no sobrepasa al poder burgués, sólo pone algunos límites a él, que, dependiendo del contexto, de la época y lugar, es algo bastante limitado. Ella no interfiere en la acumulación capitalista, no corro el poder estatal, no cuestiona las relaciones de producción capitalistas directamente, no constituye una asociación obrera, etc. A pesar de ello es una forma de lucha y resistencia que acompaña toda la historia del capitalismo y la cotidianidad en la sociedad burguesa. Las luchas espontáneas expresan la primera etapa de las luchas obreras contra el capital, que ocurre en la esfera de la producción y en todas las demás esferas de la vida social, pero que no sobrepasa la dominación capitalista. Históricamente, esta primera y elemental fase de la lucha obrera es sustituida por las luchas autónomas y, posteriormente, por las luchas autogestionarias[1].

Esta fase de luchas espontáneas es superada cuando hay el paso a formas de luchas más radicales, las luchas autónomas. Durante las luchas autónomas, la clase obrera toma la iniciativa en sus manos y dispensa la mediación burocrática de partidos y sindicatos. Ella expresa una radicalización del movimiento obrero. La fuerza colectiva del proletariado se manifiesta, creando formas colectivas de acción y conciencia a través de la huelga, del comité de huelga, del piquete, del folleto. Sin embargo, todavía no se trata de lucha revolucionaria, aunque ha avanzado hacia una forma más consciente, colectiva y organizada. Ya manifiesta una negativa del capital y de la burocracia. La derrota, sin embargo, marca la vuelta a la normalidad capitalista. Es una acción revolucionaria sin conciencia revolucionaria.

La fase de las luchas autónomas es sustituida por una nueva fase de las luchas obreras, las luchas autogestionarias. Esta fase marca un avance en la acción, que se vuelve más radical; en la conciencia, que se vuelve revolucionaria; y en la autoorganización, que se desarrolla, creando la asociación obrera bajo la forma de consejos, comunas, etc. La hegemonía revolucionaria del proletariado se extiende por toda la sociedad y el objetivo de transformar radicalmente las relaciones sociales se consolida en las mentes de los individuos de las clases explotadas. La autogestión de las luchas ocurre concomitantemente con la autogestión de las fábricas, tiendas, empresas, barrios, escuelas, etc. La negativa del capital, del Estado, de la burocracia partidista se convierte en una realidad concreta.

La clase dominante busca mantener la clase obrera y los demás sectores de la sociedad a nivel de las luchas espontáneas. Esto es reforzado por individuos que encuentran dificultades para superar esta fase, así como fuerzas políticas y la burocracia partidaria/sindical que busca impedir la radicalización y autonomización del movimiento obrero para mantener su control y poder.

Cuando estas son sustituidas por las luchas autónomas, el capital busca frenar, controlar, combatir, cooptar, corromper. La burocracia sindical / partidaria se opone ales e intenta recuperar el control. En el plano cultural, tanto la clase dominante como la burocracia buscan frenar el movimiento obrero y la conciencia de individuos y grupos. Es por eso que la tendencia natural de las luchas obreras es obstaculizada por la acción de las clases opuestas y que las luchas espontáneas no se transforman constantemente en luchas autónomas. Cuando existe la amenaza de paso de luchas autónomas para luchas autogestionarias, la clase capitalista y la burocracia buscan frenar ese proceso a través de ideologías, corrientes de opinión, represión, falsas promesas, concesiones. Algunos individuos proletarios y activistas políticos no superan el nivel de las luchas autónomas, no buscan radicalizarlas y pasan a idealizar esta fase ascendente, pero aún limitada de la lucha obrera, congelándola, y así contribuyendo con las fuerzas conservadoras.

Cuando las luchas autónomas son sustituidas por las luchas autogestionarias, el conflicto se vuelve más grave, la guerra civil oculta se transforma visiblemente en una guerra civil abierta y ambos lados radicalizan sus acciones y la victoria de la clase capitalista o de la burocracia significa la contrarrevolución, mientras que la victoria de la clase obrera significa la instauración de la autogestión social.




[1] Jensen, K. Os Limites do “Autonomismo”[Los límites del "Autonomismo".]. Revista Ruptura. Año 08, no 07, Agosto de 2001.



(Extracto del Manifiesto Autogestionario, Publicado en español. Ver enlace: https://teoriaycriticaradical.blogspot.com/2019/04/edicion-espanola-del-manifiesto.html).

miércoles, 1 de febrero de 2017

EL FUEGO UTÓPICO O LA NEGACIÓN DE LA MEDIOCRIDAD


EL FUEGO UTÓPICO O LA NEGACIÓN DE LA MEDIOCRIDAD

Nildo Viana

El fuego simboliza varias cosas y una de ellas es la vida y la otra es la inspiración. Hablando de "fuego utópico" es poner que la inspiración es utópico. Rechazar la mediocridad significa romper con la confianza y el conformismo y tener ideales, utopías. Según Ingenieros:

Individualmente considerado, la mediocridad se puede definir como una falta de características personales que distinguen al individuo en su sociedad. Esto ofrece las mismas rutinas de carga, los prejuicios y la vida doméstica; acaba de reunir un centenar de hombres para que coincida con la impersonalidad; "Reunir mil genios en el Consejo y tendrá el alma de un mediocre '. Estas palabras denunicam lo que cada hombre no pertenece a sí mismo, y que cuando se agrega a muchos, lo demuestra el bajo nivel de las opiniones colectivas (Ingenieros, p. 39).

Según Ingenieros, los mediocres "recorrer el mundo en secreto, miedo de que alguien pudiera culpar a la temeridad de ser en vano, ya que los contrabandistas de la vida" (Ingenieros, p. 39). Según Ingenieros, justificación moral social para todo existe por necesidad, incluso la mediocridad, "El eterno contraste de las fuerzas que compiten en las sociedades humanas se refleja en la lucha entre dos grandes actitudes, sacudiendo la mentalidad colectiva: espíritu conservador o rutina y el espíritu original o rebelión "(Ingenieros, p. 49). De no ser mediocre, incluso intelectualmente, debe tener ideales, utopías.

Sartre (1989), en una de sus obras, pregunte por qué razón escritura. La respuesta es el compromiso, el proyecto. Esto no es escribir por escrito o de hacer dinero, la fama o el ascenso social en la escala, como es frecuente hoy en día en el ámbito científico. Como ya he dicho Marx (Marx y Engels, 1986), es necesario en el capitalismo ganar dinero para vivir y escribir, pero no viven y escribir para ganar dinero. Ingenieros también hace referencia a este punto:

El poder que manipula los favores que piden, el dinero se acumula, los honores que pueden tener cierto valor efímero que puede satisfacer el apetito de lo que no se toma dentro de sí mismos, en sus virtudes intrínsecas, las fuerzas morales embellecer y calificar la vida; la afirmación de la personalidad y la cantidad de Humanismo ponen la dignidad del ser. Vivir es aprender a ignorar menos; Que es amar, para unir a la humanidad; Es sorprendente, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo para mejorar un incesante deseo de elevarse hacia los ideales definidos (Ingenieros, p. 40).

La búsqueda de la utopía, de los ideales, de la realización del proyecto en el sentido de la vida está bloqueado en la sociedad capitalista (nombre que debe causar terror a neoconformistas que quieren censurar palabras y verdades), en el que la burocratización, la mercantilización y la competencia social, lleva a cabo un proceso de la expansión de la mediocridad y el conformismo a gran escala. Las condiciones de vida, las necesidades auténticas (y / o impuestos), dinero, poder, sirve para un proceso de corrupción general de la conciencia humana. El comunicacional de capital, las ideologías y los valores dominantes, las modas, las jerarquías y el control burocrático, todo se trata de evitar que la utopía. Y sin utopía y único miembro de la maquinaria capitalista y burocrático, mercantil, los seres humanos son coisificados y se convirtió en seres mediocres. conocimientos científicos en la producción intelectual, los compromisos no son la utopía, con la verdad, sino para ganar la competencia, se convierta en dominante, como se ha demostrado por Bourdieu (1984) en su estudio de lo que llama "campo científico". En el ámbito artístico, la misma lógica competitiva disminuye, aunque no en el mismo grado, el acoplamiento (Viana, 2009; 2007).

Cuestionando el sentido de la vida es algo inusual y la respuesta no será la búsqueda de la felicidad, la utopía, la transformación social, en la mayoría de los casos sólo funcionará, carrera, el éxito, el poder. Algunos quieren ser convencidos de que están contentos con vana manera de vivir que le sea sometido. Sólo el fuego utópico puede desbloquear la reflexión sobre el sentido de la vida y promover la superación de la cosificación.

El fuego utópico, sin embargo, nunca se apaga. Él persiste. Es más fuerte en los casos individuales, grupos pequeños, momentos históricos, el inconsciente colectivo o individual. Y se quema aquellos que quieren borrarlo, y continuar la quema. La utopía está en la literatura, el cine, en los cómics, el arte en general. Ernst Bloch, la utopía teórica, fue capaz de mostrar sus manifestaciones y seleccione el carácter utópico del ser humano (Bicca, 1987). Se tiende a aumentar y encender la mediocridad y contribuir a la creación de una nueva sociedad y las nuevas relaciones sociales en las que se pueden cumplir las necesidades y el potencial humano.

Referencias

BICCA, Luiz. Marxismo e Liberdade. São Paulo: Edições Paulinas, 1987.

INGENIEROS, José. O Homem Medíocre. Curitiba: Chain.

MARX, Karl & Engels, Friedrich. Sobre Literatura e Arte. 4ª edición, São Paulo, Global, 1986.

SARTRE, Jean-Paul. Que é a Literatura? São Paulo, Ática, 1989.

VIANA, Nildo. A Esfera Artística. Marx, Weber, Bourdieu e a Sociologia da Arte. Porto Alegre: Zouk, 2007.


VIANA, Nildo. Arte, Especialização e Engajamento. Revista Espaço Livre. Vol. 4, num. 07, jan.jun./2009. 

LA CRISIS MUNDIAL Y EL MOVIMIENTO OBRERO

LA CRISIS MUNDIAL Y EL MOVIMIENTO OBRERO

Paul Mattick

El desarrollo del capitalismo es inseparable de las crisis: esta ley se confirma empíricamente de vez en cuando. A pesar del retorno de las crisis la economía burguesa no ha propuesto, hasta hoy, ninguna teoría que se adapte a la realidad. La razón es que el punto teórico del que parte es en si mismo erróneo. La teoría capitalista, en efecto, partía de la idea errónea de que la producción estaba subordinada al consumo y que, por consiguiente, la oferta y la demanda se adaptarían en el mercado. Aunque se reconocía que este mecanismo de ajuste podía verse interrumpido debido a superproducciones parciales, se estaba convencido de que el mecanismo del mercado resolvería, de modo espontáneo, estas discordancias. La teoría del mercado, como la teoría del equilibrio a partir del cual la oferta condiciona la demanda y viceversa, todavía está vigente aunque reformulada de distinta manera. En la teoría neoclásica de la utilidad marginal, que se fundamenta en principios psicológicos, se trata simplemente de anunciar de nuevo la vieja teoría de la oferta y de la demanda, que había permanecido intacta hasta 1936.
En primer lugar, hay que afirmar que en modo alguno debe ponerse en duda la realidad de las crisis actuales. Pero, para explicarlas, se ha supuesto que ellas provenían del exterior hacia el sistema, y que podían ser superadas, gracias a la intervención de mecanismos de equilibrio automáticos. La existencia de las crisis no era un hecho inmanente del propio sistema y, por consiguiente, tampoco era una realidad que debiera someterse a la investigación teórica. No es necesario insistir en este punto. Yo insistiré únicamente en que la teoría neoclásica del equilibrio de modo particular bajo su formulación matemática, ha sido considerada como el jalón a partir del cual la economía política se transformó en ciencia, óptica a partir de la cual fue despojada de su carácter histórico. En todo caso se desarrollaba en unos niveles de abstracción que le daban un carácter puramente ideológico y le despojaba de toda su posibilidad de aplicación práctica. Su función ideológica se esfumó, por la fuerza de las cosas, cuando estalló la gran crisis del 29 que hizo perder la confianza en los mecanismos de equilibrio del mercado.
La primera gran crisis de la teoría económica capitalista ha sido pues la consecuencia de una crisis real, duradera y profunda. Si no hubiera estallado, la teoría del equilibrio habría conservado probablemente su formulación neoclásica. Pero el contraste entre la teoría y la realidad era demasiado evidente por lo que se hizo necesario adaptar la antigua teoría a la nueva situación. Esta adaptación, que entró en la historia de las ideas con el nombre de «revolución keynesiana» no hace otra cosa sino tomar nuevamente la antigua teoría del mercado, con la diferencia de que ya no se supone la existencia de la acción eficaz de un mecanismo de equilibrio que opera de modo espontáneo, sino que se habla en su lugar de un equilibrio establecido conscientemente, con la finalidad de aportar una salida a la crisis.
La teoría de Keynes es tan estática como la neoclásica y se fundamenta, como ella, en un imaginario mecanismo de equilibrio. Pero ella añade como elemento nuevo que las modificaciones que conoce el mundo capitalista dificultan cada vez más la posibilidad de mantener el equilibrio únicamente a través del mercado. Partiendo de la antigua concepción de que el consumo determina la producción, basta que aquél se retrase algo en relación a ésta para que las inversiones resulten cada vez menos rentables y que, por consiguiente, lleguen a desaparecer. La relativa saturación del consumo, que se expresa a partir de una demanda insuficiente, llevaría consigo una disminución de las inversiones y, por consiguiente, un aumento del paro. Para reequilibrar nuevamente consumo y producción, oferta y demanda, sería necesario elevar el nivel de consumo mediante el «consumo público» y multiplicar las inversiones mediante «inversiones públicas» a cargo del Estado. La política monetaria y fiscal del Estado sería, por consiguiente, el instrumento adecuado, capaz de actuar de manera positiva no sólo sobre la economía en su conjunto sino también sobre la rentabilidad del capital privado.
Esta teoría traducía una necesidad política, una reacción a las consecuencias sociales de la crisis. Pero era considerada asimismo como un recurso susceptible de facilitar el paso a una nueva coyuntura. Al mismo tiempo que se presentaba como una teoría general, no hacía otra cosa que tomar como punto de referencia la situación específica de la Gran Crisis, para conjurar, en primer lugar, cualquier riesgo de suceso revolucionario. Las propuestas de intervención estatales en la economía iban destinadas a evitar los peligros de un paro masivo pero también a incitar nuevas inversiones privadas, por lo que las intervenciones del Estado continúan sirviendo al capital. Se trataba de lograr lo que se llama el efecto multiplicador de las nuevas inversiones, o sea la hipótesis de que las inversiones efectuadas en una rama de la producción inducen otras en otras ramas. Tal proceso, comparable al de la velocidad de rotación del dinero en circulación, compensaría la falta de rentabilidad de los gastos públicos mediante la elevación de la rentabilidad de la economía privada.
Es totalmente exacto, por descontado, que nuevas inversiones cuando no están compensadas simultáneamente por otros retraimientos de inversiones, tienen como consecuencia el estímulo de la vida económica y la disminución del paro, tanto si son obra del Estado como del capital privado. El aumento de los gastos del Estado, propuesto por Keynes, incluso si su financiación se basa en el déficit presupuestario, tiene pues este efecto estimulante, tal como quedó confirmado con el éxito obtenido gracias a este modelo por parte del programa de creación de empleos del régimen  hitleriano, al igual que el logrado con el New Deal americano. Tales éxitos sólo se entendían, sin embargo, en el contexto de la teoría abstracta y errónea del equilibrio; nada tenían que ver con las exigencias de la producción capitalista. Para ésta, no se trata en modo alguno de asegurar el equilibrio entre la oferta y la demanda, la producción y el consumo, sino únicamente de producir beneficios y de asegurar la valoración del capital existente y su acumulación. Un capital concreto que exista en forma de dinero debe, para satisfacer las exigencias de la producción capitalista, transformarse en una cantidad superior de capital a través del ciclo de la reproducción. En el capitalismo, toda producción que no proporciona ningún tipo de plusvalía es producción sin acumulación y contradice el movimiento del capital.
Una producción que no está hecha en vistas de la creación de plusvalía choca, en el capitalismo, contra ciertos límites. Desde siempre el Estado toma en carga una parte de la producción social, la que asegura los equipamientos públicos indispensables al sistema (la infraestructura). Además ha monopolizado, en muchos países, una parte de la producción global y se sitúa así entre los empresarios productores de plusvalía. Toda una parte de la producción social es, por consiguiente, asumida por el Estado, a distintos niveles. Pero en general es el capital privado quien asegura la mayor parte de la producción social y determina sus características y su desarrollo. La creciente importancia de la producción viene determinada por la acumulación del capital global, es decir del capital privado; no tiene nada que ver con la lucha contra las crisis mediante el aumento de los gastos públicos, se trata al contrario de un fenómeno secundario que acompaña siempre el desarrollo capitalista. Las políticas de equilibrio económico del Estado no representan nada más que intervenciones suplementarias en la economía, que sobrepasan los gastos habitualmente necesarios; es una producción inducida por el Estado para reactivar la producción social global.
En los remedios keynesianos contra las crisis, no se trata en modo alguno de restringir el capital privado en provecho del sector del Estado, sino más bien de multiplicar la demanda global en el marco de la producción de capital. Ya que la demanda, según esta teoría, depende del consumo y que este es insuficiente para asegurar el pleno empleo, hay que ampliarlo incrementando el «consumo público» que no es suscitado por el mercado. Para no debilitar todavía más la demanda presente en el mercado y ya insuficiente, sin que por ello entre en competencia con el capital privado, el estado debe limitar la producción inducida en el «consumo público», es decir en los trabajos públicos, en la producción de armamento, en la investigación espacial y en otros campos semejantes.
El capital, para comportarse como tal, debe acumularse, es decir, añadir una parte de la plusvalía producida sobre la cantidad de capital ya existente. Desde este punto de vista, cualquier aumento del consumo, tanto si es público como privado, disminuye la cantidad de plusvalía disponible para la acumulación. Lo que es consumido no puede ser acumulado, es decir transformado en instrumentos de producción y en fuerza de trabajo que permita aumentar el provecho y el capital. De todos modos la política de Keynes correspondía a una situación transitoria, en la que un simple aumento de la producción genera un clima económico que incita al capital privado a también invertir. Este suplemento de producción privada para el mercado debería provocar una expansión donde la producción inducida por el Estado e incapaz de producir ningún beneficio sería compensada por el aumento de la masa de beneficio en la producción privada. Los déficits de la producción inducida por el estado serían, en aquel momento, anulados por los nuevos beneficios.
Pero si no sucede así, la producción suscitada por el Estado representa un aumento de la deuda pública, una acumulación de deudas privadas sobre el Estado. Si el Estado aumenta los impuestos para poder cubrir los gastos públicos destinados a estimular la demanda, por un lado disminuye simultáneamente las posibilidades de acumulación ya reducidas del capital privado y, por otro lado, simplemente desplaza la demanda del sector privado hacia el sector público, sin modificar en modo alguno el volumen de la demanda global. Para aumentarla hay que recurrir al financiamiento mediante el déficit presupuestario, con la extensión del crédito de Estado. Pero como la producción se encuentra reducida por la disminución e incluso por el paro total de la acumulación, no sólo las capacidades productivas permanecen sin emplear, sino incluso el capital-dinero ya que no puede ser nuevamente invertido de manera rentable y no permite el paso de la forma dinero a la forma capital. Este capital inerte en forma de dinero, el Estado puede obtenerlo del capital privado, hasta el punto de hacer subir sus gastos por encima de las posibilidades impositivas. Estos empréstitos de Estado constituyen el financiamiento mediante déficit presupuestario de los gastos públicos. Aunque permita aumentar la producción, no aumenta la producción de beneficio. Si llegara el caso, los poseedores de capital invertirían ellos mismos su dinero desempleado. Si se recurre a la producción realizada por el Estado, es sencillamente para aumentar la producción sin consideración de rentabilidad.
A pesar de que las inversiones del Estado tengan como efecto ampliar la producción global, la masa de plusvalía adquirida por el capital privado permanece inferior al aumento de la producción, de manera que la producción global tiene a su disposición una masa de beneficio relativamente disminuida, con tendencia a mayor disminución a medida que se amplía la producción inducida por el Estado e improductiva de beneficios. Si el Estado pide prestado el dinero no empleado del capital privado, es necesario que le pague un interés. Ya que la producción inducida por el Estado no produce ningún tipo de beneficio, tampoco puede cubrir ningún interés, ya que éste corresponde a una parte de los beneficios. Este interés, por consiguiente, debe ser cubierto sea por los impuestos sea por otros empréstitos del Estado. Por consiguiente, no sólo la producción no crea beneficios, sino que el reembolso de las deudas del Estado que han facilitado esta producción complementaria tiene que ser cubierta por el sector privado. Pero como las deudas del Estado pueden ser siempre nuevamente consolidadas, desde un punto de vista práctico sólo son los intereses los que gravan los empréstitos del Estado, de manera que el aumento de la producción representa un aumento de la deuda pública que no encuentra ningún tipo de trabas a condición de que la producción global aumente más rápidamente que la carga de intereses que ella misma genera.
Sin embargo, de lo que se trata en el caso del aumento de la deuda pública, es de una destrucción del capital, porque no puede generar ninguna producción capitalista, es decir capaz de producir beneficios. Pongamos un ejemplo: durante la Segunda Guerra Mundial, la deuda pública de Estados Unidos alcanzó 300 mil millones de dólares, que sólo existían teóricamente en los títulos de empréstito. El equivalente a esta suma fue utilizado durante la guerra, en cierta manera «consumido», y, por consiguiente, desapareció. Una plusvalía, recogida en una época anterior y que permanecía sin emplear como capital, se había transformado en gastos militares y, de este modo, se había evaporado. Detrás de la deuda pública, no queda sino la posibilidad que siempre tiene el Estado de aumentar los impuestos y lanzar nuevas emisiones de endeudamiento. A pesar de que el equivalente de la deuda del Estado, es decir los gastos militares, pertenezcan al pasado, el Estado deberá todavía pagar los intereses y, de manera simultánea, intentar librarse de su deuda, cosa que sólo es posible si el capital privado amasa nuevos beneficios y en proporción creciente.
Pero, dado el hecho de que la tendencia a la baja en el índice de beneficios es inseparable del desarrollo del capital, cada vez es más difícil encontrar una solución al problema del endeudamiento del Estado provocado por los gastos públicos a cuenta del déficit presupuestario. Esta es la razón por la que el endeudamiento del Estado nunca es prorrogado sino simplemente anulado –como por ejemplo en Alemania durante 1923– debido a una inflación galopante. La ampliación desmesurada de la deuda pública ya constituye por si misma una especie de expropiación del capital privado, e incluso es posible leer la expropiación rampante del capital en el índice de endeudamiento del Estado, que impide la prosecución de la acumulación. Pero esto sólo es válido cuando el capital se encuentra efectivamente en una situación de crisis permanente, acompañada de un continuado aumento de gastos públicos. Si evocamos esta posibilidad es simplemente para indicar que cuando se lucha contra la crisis mediante el gasto público, se tropieza con limitaciones totalmente determinadas, que no pueden ser franqueadas sin poner en peligro al propio capital. Si llegara a instalarse una crisis duradera, se llegaría a constatar, durante su curso, que la intervención del Estado, aunque estimulara la economía en un momento inmediato, sólo lo logra mediante el precio de la destrucción a largo término del capital privado.
Para disipar ciertos malentendidos, es necesario hacer hincapié en el hecho de que esto sólo es exacto desde un punto de vista global. Para el capital privado que logra acrecentar su producción gracias al gasto público, esta producción inducida complementaria es muy beneficiosa. Pero la plusvalía o el beneficio, que se encamina hacia estos capitales particulares, no se realiza en modo alguno por la producción global regida por el mercado sino que proviene de la plusvalía producida en períodos anteriores, que ya existía, no producida en aquel momento. En otras palabras, estos capitales «realizan» sus beneficios a partir del capital-dinero no empleado que les atribuye el Estado mediante sus inversiones. Las ganancias realizadas por cualquier capital concreto favorizado significa una pérdida para el capital global, una utilización del capital-dinero acumulado. Es este capital-dinero no empleado el que reinicia el movimiento de los medios de producción y de las fuerzas de trabajo inmovilizadas, y su volumen fija los límites de este crecimiento de la producción. Desde el momento en que la ampliación de crédito mediante capital no empleado se agota, un nuevo aumento del gasto público sólo es posible mediante una clara inflación, gracias a la creación de dinero y su posterior devaluación. Si el financiamiento por déficit presupuestario mediante empréstitos de Estado ya es un proceso inflacionista, este proceso permanece limitado y controlable, mientras que la pura y simple inflación de billetes de banco no encuentra ningún límite objetivo.
Es inevitable que el crecimiento continuo de un sector de la economía no productor de beneficio ponga al final en crisis al propio sistema de producción capitalista. Por este motivo, el mantenimiento de un cierto nivel de producción y de empleo deseado, no puede ser otra cosa que una posibilidad transitoria. Un remedio que –tarde o temprano- será desechado por una nueva coyuntura del capital privado. Puesto que el Estado es el del capital privado, la política anticrisis que pone en pie mediante la financiación de gastos públicos subvencionados por el déficit presupuestario encuentra un término cuando su propia extensión la transforma de momentáneo elemento de estabilización económica en algo contrario, un factor agravante de la crisis. Desde aquel momento, se impone nuevamente la antigua ley de las crisis. Para tratar ahora de los problemas económicos de hoy en día, es necesario constatar en primer lugar que las grandes crisis de nuestro siglo, a diferencia de las del siglo XIX, no se han superado gracias a medidas «puramente económicas». Durante el siglo pasado todo el mundo se adaptaba a las consecuencias de la crisis y de la recesión sin intentar atenuarlas o superarlas con intervenciones deliberadas. La primera gran crisis del siglo XX llegó durante la Primera Guerra Mundial, cosa que no significa, en modo alguno, que la guerra fuera consecuencia de la crisis, sino simplemente que la situación de crisis preexistía y que si no se la reconoció como tal, fue porque la guerra imperialista le dio otro aspecto. La crisis de 1929, nacida en América, alcanzó a todo el mundo, y tanto más debido al hecho de que las naciones europeas todavía no habían podido desasirse totalmente de la crisis anterior. La situación de crisis declarada por la Primera Guerra Mundial se prolongó en una crisis de posguerra, a pesar de las fluctuaciones con que se manifestó la recesión. Pero no se logró encontrar de nuevo una progresión de la acumulación. El relativo estancamiento de la economía europea no podía sino poner trabas a su vez a la prosperidad que el capital americano conoció después de la guerra. La economía americana, en principio, había conocido un impulso poderoso, aunque insuficiente para arrastrar al conjunto de la economía mundial. Cuando la prosperidad americana naufragó, llegó la crisis mundial.
Fue entonces cuando Keynes elaboró las modificaciones de la teoría neoclásica (que ya había encontrado anticipaciones prácticas en distintos países donde los Gobiernos habían intervenido en la marcha económica). Pero estas intervenciones no habían significado ningún éxito notable, y esta fue la causa que explica que la aportación de Keynes a la teoría clásica del mercado tardara en imponerse. Por otra parte, es exacto que la política armamentística de Hitler financiada con el déficit presupuestario y otros medios logró detener el paro. Pero los mismos factores que comportaban este resultado agravaban simultáneamente la crisis hasta el punto de no permitir otra elección final que una descomposición más total de la economía –a pesar de la intervención del Estado– y una solución imperialista violenta, es decir la guerra. El capital alemán jugó la carta de la guerra, para hacer pagar a los otros países el salvamento de su propia economía. En los Estados Unidos gracias al New-Deal (que aunque nada debía a las ideas de Keynes, sin embargo respetaba sus principios teóricos) el paro descendió de 15 millones a 8 millones de personas. Pero, hacia 1937, parecía que se habían agotado todos los medios de lucha contra la crisis. Fue necesario el esfuerzo de armamento cara a la Segunda Guerra Mundial, realizado al finalizar la guerra española, para que el paro pudiera todavía reducirse más. Sólo la guerra permitió el pleno empleo, tanto en América como en los demás países beligerantes. El programa de Keynes encontraba su realización en la producción de guerra, es decir, en condiciones que excluían la acumulación. Por ejemplo, en Estados Unidos, el índice de acumulación descendió por debajo del 1%, de manera que el capital sólo alcanzaba para reproducirse. Casi la mitad de la producción total fue utilizada para fines militares, y lo que se destruye en la guerra no puede servir para la acumulación. El pleno empleo estuvo pues acompañado de una reducida acumulación capitalista a nivel cero; en otras palabras, una producción que sólo era capitalista en sus principios teóricos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el capital internacional conoció un relanzamiento inesperado, y que no cuadraba con las teorías de Keynes.
Según éstas, el punto de referencia era una situación de estancamiento económico que podía remediarse gracias al aumento de la demanda pública. Sin embargo, los teóricos de inspiración keynesiana vieron en el relanzamiento general de la economía la confirmación de sus ideas. Cosa que no correspondía a su manera de pensar. En realidad este relanzamiento, como los precedentes, era consecuencia de la crisis que lo había precedido. El estancamiento del capital europeo entre las dos guerras mundiales y la enorme destrucción de capital, tanto bajo su forma de valor como bajo su forma física, realizada por la guerra, comportaron una modificación general de la estructura del capital que permitió elevar los beneficios en relación a un capital disminuido, hasta un nivel suficiente para asegurar un relanzamiento de la acumulación. El secreto de la alta coyuntura de la postguerra, es la destrucción del capital por la guerra y la crisis. No son los métodos keynesianos de orientación de la actividad económica, sino los propios mecanismos de crisis de acumulación del capital, los que explican este relanzamiento.
Desde un punto de vista marxista, este relanzamiento no tenía nada de sorprendente. El índice medio de beneficio, y por consiguiente el índice de acumulación del capital, depende siempre de la situación del capital global o, en términos marxistas, de la composición orgánica del capital. La destrucción del capital, asociada a una elevación de la productividad del trabajo, puede engendrar un índice de beneficio que permita pasar de la recesión a una nueva fase de prosperidad. Es así como se realiza la acumulación del capital a pesar de la crisis y gracias a ella, siempre que el beneficio corresponda a las exigencias de la acumulación. La reorganización de conjunto del capital condujo a un relanzamiento. Se hubiera podido pensar que la adaptación del beneficio a la acumulación estaba objetivamente excluida; pero una efectiva reactivación económica confirma que no fue este el caso.
Es el mecanismo de las crisis del capital, y no la manipulación keynesiana de la economía, lo que explica la duración de la coyuntura favorable durante los años de la posguerra. Por otra parte, esta reactivación no estuvo exenta de contragolpes, porque afectó a modo muy diverso a los distintos países.
En muchos países, y de manera muy particular en Estados Unidos, el Estado intervino constantemente en la actividad económica, mediante el camino de la política monetaria y fiscal, para poner remedio a las recesiones que venían incluso durante el periodo de relanzamiento. La prosecución de la política imperialista supuso la exclusión de cualquier tipo de reducción de los gastos del Estado improductivos destinados a fines militares, e impuso el mantenimiento y la extensión del sector no rentable de la producción global. Sin embargo, la expansión del capital era bastante importante para provocar un relanzamiento general, en el que la parte de la producción inducida del Estado disminuía proporcionalmente a pesar de continuar siendo un elemento significativo de la producción global. El mantenimiento en tales condiciones de lo que era considerado como una situación de prosperidad capitalista, provocó el nacimiento de una ilusión por la que se pensaba que se había logrado finalmente poner término a las cíclicas crisis del capital, gracias a los métodos de Keynes. La era de las crisis parecía superada para siempre, porque se creía poder establecer, mediante la intervención central en el funcionamiento económico, un equilibrio entre la oferta y la demanda asociado al pleno empleo. La aparente posibilidad de regulación económica del mercado por parte del Estado, con el consiguiente desarrollo sin crisis que permitía, impresionó incluso al campo anticapitalista, hasta el punto que se quisieron asociar las ideas marxistas a las de Keynes,y que se dijo que se iniciaba un nuevo período de desarrollo capitalista incapaz de ser explicado por la ley de las crisis de Marx. Basta pensar en personas como Marcuse, Baran y Sweezy, para darse cuenta hasta que punto influyeron las nuevas ilusiones capitalistas en aquellos que se consideraban sus críticos.
En el paso realizado por Keynes de lo que se llama de la microeconomía a la macroeconomía, es decir la toma en consideración de los problemas sociales antes olvidados, todavía hay algo de estático, porque no se considera el desarrollo del capital; pero la elaboración de la teoría de Keynes ha supuesto muchas tentativas para darle un carácter dinámico o, si se prefiere, para profundizar sobre las leyes del desarrollo y del movimiento del capital. Si esto se pudiera considerar un programa para la economía política burguesa, tal progreso no sería sino volver nuevamente a los clásicos de la economía política, y de modo muy particular – aunque sin citarla- a la teoría marxista del desarrollo capitalista.
Se reconocían ahora las dificultades inherentes al desarrollo capitalista y, por consiguiente, la tendencia a perturbar incesantemente el equilibrio anteriormente alcanzado. Pero ello era para llegar a la conclusión de que las contradicciones inmanentes del sistema se podían suprimir mediante una intervención durable y planificada del Estado. En el lenguaje de la apologética capitalista, como el que empleaba por ejemplo Samuelson, el desarrollo del capital concebido como «crecimiento», tendía ciertamente a la inestabilidad, pero ésta podía ser eliminada mediante la orientación de la economía, del mismo modo que una bicicleta cae al suelo si se la deja sola, pero permanece en equilibrio cuando está montada por un ciclista. Esta concepción optimista fue casi el patrimonio de la teoría económica burguesa.
¿Qué fue lo que pasó realmente? Repitámoslo todavía otra vez: la guerra había destruido hasta tal punto la economía europea y japonesa, que la resurrección no podía ser considerada de otro modo que como un proceso muy lento.
Simultáneamente a las fuerzas productivas, el capital había también desarrollado las fuerzas destructivas, que habían alcanzado mucho más gravemente a los países comprometidos en la guerra que no durante la anterior contienda mundial del 14. Además de las consideraciones políticas suscitadas por un nuevo adversario, el imperialismo soviético, también había razones propiamente económicas para incitar al capital americano a acelerar la reconstrucción del capital occidental, mediante empréstitos y el Plan Marshall. Con ello, no sólo se lograba beneficiar directamente a los que obtenían la ayuda americana sino también a la propia economía americana, porque la importación de capital por los otros países se traducía, necesariamente, en exportación de mercancías americanas. De esta manera, la vida económica se reanimaba por ambas partes, tanto en los países importadores de capital como en los exportadores de mercancías. La destrucción de los valores capitalistas en Europa y Japón, la anulación de las deudas mediante las devaluaciones, las aplicaciones de nuevas tecnologías y de nuevos métodos de producción, asociadas a un índice de explotación elevado debido a la penuria provocada por la guerra, todo ello permitió índices de beneficios y un índice de acumulación que se elevó a casi el 25 % de la producción global. Fue precisamente este índice de acumulación excepcional, unido a circunstancias particulares, el que entró en la historia con el nombre de «milagro económico» y que mejoró progresivamente el grado de competitividad de Europa y Japón en el mercado mundial.
Como contrapartida, la economía americana se caracteriza por un índice de acumulación muy bajo, que se mantuvo por debajo de sus promedios históricos durante toda la posguerra, sin superar nunca el 3 ó el 3,5 %. Precisamente debido al hecho de que el capital americano estaba alcanzado por la sobreacumulación (con lo que no era posible que los beneficios correspondieran a las necesidades de valoración del capital), la posibilidad de exportarlos hacia otros países permitía asociarlos al auge que conocían los países en reconstrucción. A este factor hay que añadir también los nuevos compromisos imperialistas a escala planetaria, interviniendo en los desarrollos políticos asiáticos (guerras de Corea y de Indochina). La exportación de capital, y los gastos unidos a las expediciones imperialistas que exigían anualmente de 20 a 25 mil millones de dólares, excluían una disminución del presupuesto del Estado e imponían la financiación de la política extranjera imperialista mediante métodos inflacionistas, ya que el índice de beneficios era relativamente bajo. La adopción del dólar como referencia internacional y unidad monetaria de reserva permitió al capital americano, acelerando la creación de moneda, no sólo el penetrar profundamente en la economía europea, sino también de manera simultánea estimular la producción americana gracias a la producción inducida por el Estado. Sin alcanzar el pleno empleo, el elevado índice de empleo provocó esta ilusión de un desarrollo capitalista exento de crisis, tal como decíamos antes.
Sin esta producción inducida por el Estado, el número de parados hubiera sido mucho más elevada de lo que fue, porque el índice de acumulación no permitía conseguir el pleno empleo. Pero, incluso durante los últimos años de la guerra de Indochina, la capacidad de producción americana sólo se empleaba en un 86 % y el desempleo oscilaba entre el 4,5 y el 5 % de la población activa. Por consiguiente, el período de posguerra fue muy distinto en Estados Unidos y en Europa y Japón, y la reactivación general de este período llevaba consigo ya el germen de la destrucción, que se manifestaba anticipadamente en la diversidad de condiciones de acumulación propias de cada país capitalista. Pero como América casi aseguraba la mitad de la producción mundial, el relativo estancamiento del capital americano era el índice de una rentabilidad insuficiente en relación de las exigencias de beneficio del capital mundial, aunque esta podía quedar enmascarada durante mucho tiempo mediante la adopción de manipulaciones monetarias y políticas de crédito, capaces de hinchar los beneficios. La prosperidad se acompañaba de una «inacción rampante».
Dado que la intervención del Estado en la economía descansa, en lo que se refiere a la extensión de la producción, en la capacidad del Estado para ofrecer un sentido de respuesta, esta intervención tiene una eficacia análoga a la creación de crédito en el sector privado. En la teoría de Marx, pero también en las teorías burguesas, un desarrollo excepcional del crédito siempre ha anunciado una crisis próxima, ya que es signo de una competencia más dura para un margen de beneficio en manifiesta disminución, cosa que conduce a una concentración y centralización más exageradas del capital. Los trusts capitalistas se esfuerzan cada uno en obtener una parte más importante del beneficio social global, ampliando su producción y bajando sus precios gracias al crédito – con lo que se agrava la sobreacumulación de capital que ya se manifestaba en la penuria de beneficios-. A pesar de todo, el primer efecto de la extensión del crédito, en la medida en que multiplica efectivamente la producción, consiste en retrasar el estallido de la crisis. La actividad económica es más intensa de lo que sería sin esta extensión. Pero la multiplicación de la producción no significa necesariamente la de los beneficios globales. Basta que la relación entre el índice de explotación y la estructura del capital global sea la misma, retrasando momentáneamente la crisis, para preparar una crisis más profunda todavía, así que la prosperidad provocada mediante el crédito se demuestre ilusoria. Una extensión demasiado rápida del crédito, que encuentra tarde o temprano su límite en el índice de interés determinado por el índice de beneficio, siempre ha sido la expresión de las contradicciones inherentes al sistema capitalista, y la propia economía burguesa siempre la contempló con el mayor escepticismo.
Pero lo que nos importa aquí es que la extensión del crédito siempre tuvo un efecto inflacionista. Si los precios suben es para que la mayor inversión en capital quede justificada cuando el índice de beneficio está estancado, con la finalidad de ganar en la esfera de la circulación lo que no puede obtenerse en proporción suficiente en la producción. Como los precios nunca suben de igual modo y dado que, de modo particular, el precio de la fuerza de trabajo siempre va retrasado en re1ación al aumento general de los precios, resulta una modificación de la relación salario/beneficio, en ventaja del beneficio capitalista. También se provoca un desplazamiento general de la estructura de las rentas, en detrimento de las capas sociales cuyas rentas no siguen el ritmo de los aumentos de precios. El capital intenta garantizar sus beneficios cargándolos a la sociedad y principalmente a los trabajadores aunque sin lograr mantener o encontrar de nuevo su capacidad de acumulación. En cualquier caso, el crédito no ha sido capaz hasta el momento presente de suprimir nunca el ciclo de las crisis capitalistas; es la propia crisis la que elimina al crédito como medio para relanzar la producción.
Dado que la producción inducida por el Estado mediante el crédito no genera, desde el punto de vista de la sociedad, ni provecho ni interés, sólo encuentra límites objetivos en la masa de capital presente pero no empleado, que el Estado toma en empréstito al capital privado. Esta fracción del capital privado, que resurge en forma de deuda pública, financia también los intereses que gravan los empréstitos del Estado. Si estos límites objetivos del endeudamiento del Estado son alcanzados, el mantenimiento de la producción inducida por dicho endeudamiento depende entonces de la capacidad del Estado para crear moneda; en otras palabras, depende del financiamiento de esta producción mediante «la máquina de fabricar billetes» o mediante la pura y simple inflación provocada por la devaluación. Pero el financiamiento mediante la deuda pública es en si mismo un proceso inflacionista, aunque más lento, porque el beneficio social no se acrecienta al mismo ritmo que la producción en su conjunto, y esta distancia creciente entre el beneficio y la producción conlleva inevitablemente un alza de precios. De hecho, el financiamiento mediante los empréstitos de Estado se acompaña de una aceleración de la creación de moneda de manera que, por un lado, se anima a la inversión privada con la baja de los índices de interés, mientras por otro lado se procure disminuir la carga de intereses del Estado.
Nadie ha puesto jamás en duda que los métodos propuestos por Keynes no fueran inflacionistas; él mismo y sus seguidores han visto, por el contrario, que en ello residía el secreto de la estabilidad capitalista. Sin embargo, se admitía que los procesos inflacionistas conducían a un nuevo equilibrio económico que ponía término a la fase inflacionista. Pleno empleo acompañado de la estabilidad de los precios, tal era el objetivo a alcanzar; los métodos inflacionistas podían ser utilizados o abandonados según las necesidades de cada momento. Mientras existiera paro, la inflación sería el único modo de atenuarlo o de eliminarlo. Una vez alcanzado el pleno empleo, se podría parar la inflación utilizando medios deflacionistas, compensando los déficits anteriores gracias a los nuevos beneficios. En cualquier caso, se creía firmemente en la posibilidad de conducir la economía hacia una política fiscal y monetaria perspicaz, según los deseos del gobierno. Si la supresión del paro y de los problemas sociales que comporta se acompañaba de una inflación rampante, éste era un precio en cualquier caso menor a los ojos de los economistas. Más valía el pleno empleo con una tendencia a la inflación que no resignarse al creciente paro por miedo a la inflación. Por otra parte, se constató que tanto hoy como en el pasado, cualquier coyuntura favorable iba acompañada de aspectos inflacionistas. El pleno empleo se asociaba siempre al alza de precios, como lo había históricamente establecido el economista inglés Phillips; la baja de los precios siempre iba acompañada de un índice elevado de paro. Por consiguiente, en la inflación actual, todavía se veía la aplicación de una especie de ley natural que asociaba el pleno empleo y la inflación. Así, no sólo la inflación se explicaba mediante el pleno empleo, sino que era imputada a los trabajadores porque se les consideraba responsables del aumento de los precios, debido a los mejores salarios que lograban en período de pleno empleo.
Llegó el día. sin embargo, que tuvo que admitirse que no sólo el pleno empleo era inseparable de la inflación sino también que ésta aumentaba incluso en período de creciente paro. La recesión económica, en lugar de frenar la inflación, no hacía sino acelerarla. Un hecho que combinaba mal con las teorías económicas más extendidas. El arsenal anticrisis de Keynes demostró ser ilusorio, y ante la nueva crisis que se anunciaba, nos encontrábamos tan desarmados como ante las precedentes. Esto no hacía sino confirmar una vez más lo que se había perdido de vista durante el largo período de alta coyuntura que habían conocido algunos países occidentales; saber que es imposible regularizar el sistema capitalista y que la única regulación que en cierta medida existe es la del retorno de las crisis. En el siglo XX como en el anterior, el proceso de acumu1ación del capital comporta el paso de un período de expansión a una situación de crisis, condición necesaria para una nueva acumulación, y esto siempre que quede una posibilidad objetiva de restablecer la rentabilidad perdida.
Queda claro que es exacto que la intervención del Estado puede influir en el curso de la actividad económica y que, cuando se entra en una situación de crisis, es posible atenuar sus efectos ampliando la producción gracias a este método intervensionista, aunque sin influir en modo alguno sobre la tendencia hacia la superacumulación que resulta del imperativo de valorización del capital. Si se confirma la crisis de sobreacumulación, se constata que las tentativas para atenuarla gracias a la orientación económica del Estado no hacen sino agravarla. En tales circunstancias, la crisis se traduce del modo más clásico, mediante la caída de la producción, el desempleo masivo, la destrucción de capital y de la fuerza de trabajo y la intensificación de la competencia entre capitales. La crisis general del capital, nacida de la relación entre las clases sociales y que resulta, en definitiva, de la producción del capital, no puede resolverse por los métodos con pretensiones de nuevas orientaciones de la economía capitalista, sino solamente –si esto es posible- por los medios destructivos, los mismos que ya en el pasado permitieron salir de la crisis y suscitar una reactivación. Si la burguesía ha creído haber encontrado el camino de un desarrollo capitalista exento de crisis, la crisis que se anuncia atestigua una vez más que la economía burguesa es incapaz de comprender su propio sistema y todavía menos de dirigirlo. Lo que empieza a pasar es la verificación empírica de la teoría de la acumulación de Marx, entendida como teoría de la crisis capitalista.

sábado, 30 de enero de 2016

Radicalismo y Humanismo

Radicalismo y Humanismo
Nildo Viana

Los seres humanos son capaces de los más bellos actos y discursos y, al mismo tiempo, conceptos y actitudes más innobles. Pueden actuar con grandeza y generosidad extrema, por un lado, y la pequeñez y la mezquindad extrema en el otro. Este proceso es de particular importancia en el campo de la militancia revolucionaria en la que el extremismo se confunde a menudo con el radicalismo y cuando esto ocurre hay una confusión entre ser revolucionario y ser sanguinolenta. Por lo tanto es importante discutir la relación entre el humanismo y el radicalismo, como un individuo revolucionario debe unir a los dos en uno, lo que no siempre ocurre y pensando en que puede aclarar y ayudar a superar esta dicotomía en algunos casos individuales .

El objetivo de un revolucionario es, obviamente, la revolución. Sin lugar a dudas, no se puede caer en el error de creer que todos los que se dice que es el único revolucionario por haber dicho tal cosa. No analizar un individuo por la conciencia que tiene de sí mismo, como dijo Marx (1983a). Entre otras cosas porque lo que se entiende por "revolución" y "revolucionario" varía según las personas. Un revolucionario en el sentido utilizado aquí, que excluye, obviamente, muchos casos es que las personas que tiene como objetivo la revolución y lo entienden como un proceso de emancipación humana a través de la emancipación de los trabajadores, o más precisamente, del proletariado. Así que en consecuencia excluye a los que piensan que una revolución es la toma del poder del Estado, en sustitución de un gobierno, entre otras formas de pensar sólo en el sentido de una "revolución política", porque la emancipación humana sólo puede ocurrir a través de una revolución social, es decir la transformación radical de todas las relaciones sociales. Si el objetivo del revolucionario es la revolución que libera a la humanidad en su conjunto, entonces hay una base humanista ese objetivo. Por tanto, existe dicotomía entre el radicalismo de un revolucionario que quiere una transformación radical de las relaciones sociales para liberar a los seres humanos de la explotación, la dominación, la opresión y el humanismo. Sin embargo, precisamente esta dicotomía aparece a menudo y eso es lo que tenemos que reflexionar.

La palabra humanidad también se puede ver en diversas formas. No se trata aquí de una discusión conceptual y no aborda todas sus manifestaciones, simplemente exponer las dos formas básicas de humanismo existente. Uno es el humanismo romántico, o "abstracto", que, como Rousseau (1989), considera que el hombre es "bueno por naturaleza" y atribuye esta cualidad a todos los seres humanos sin distinción, en base a este principio. El ser humano, aquí es un valor fundamental y esto es positivo, aunque problemático. Para entender su carácter problemático que necesita para pasar al humanismo radical, que es un humanismo concreto.

En oposición a lo abstracto (en el sentido metafísico), el hormigón es "resultado de sus múltiples determinaciones" (Marx, 1983a). En esta concepción, el ser humano no es ni bueno ni malo por naturaleza. Lo que caracteriza la esencia humana es el trabajo y la sociabilidad, como Marx ya señaló (Marx, 1983b; Marx, 1988; Marx y Engels, 1991). El ser humano es activo. Él, a diferencia de los demás animales, actúa en el mundo, transforma la naturaleza y su propio y humaniza. Lo hace en asociación o cooperación con otros seres humanos, siendo también un ser social. Así, el trabajo consciente teleológica, la praxis, y la asociación con otros seres humanos son las necesidades humanas, son parte de su esencia. Sin embargo, con el surgimiento de la sociedad de clases, esta esencia es negada. El trabajo y la sociabilidad son pervertida, distorsionada. El trabajo se enajena, dirigida por los demás, la fundación de la explotación y la dominación y la sociabilidad se convierte, a causa de este conflicto. En el capitalismo, más específicamente, la operación en el trabajo y la dominación se produce a través de la extracción de la plusvalía y la sociabilidad se controle, además de las clases de conflicto por la competencia. En este sentido, las sociedades de clases niegan la naturaleza humana y la sociedad capitalista conduce a dicha negación extrema.

En estas sociedades, y más ampliamente en el capitalismo, la esencia humana se niega y distorsiona. Monstruosidades surgen de las practicadas por los individuos a lo colectivo, como se puede ilustrar el caso de un psicópata, en el primer caso y el nazismo en la segunda. Así que el humanismo romántico es ilusoria. El humanismo radical es aquella que no ignora la historia y la negación de la naturaleza humana bajo el capitalismo, fuente de desequilibrios psíquicos, pero también tiene ilusiones con el mundo de la apariencia caer en antihumanismo, pensando que los seres humanos son "egoístas" por la naturaleza, la comprensión del proceso social más amplio basado en la lucha de clases. Sin embargo, el humanismo radical tampoco confundir existencia esencialmente sin ilusiones con "empírica" ​​y sabe que detrás de la destrucción psíquica de los seres humanos y todos los otros problemas, como los valores deformados, conciencia cosificada, etc., existe la esencia, sofocado y reprimido, pero que está ahí. Todo el mundo tiene necesidad psíquica para la asociación con otros seres humanos y cumplir su potencial y si esto no se materializa, hay efectos, incluyendo los revolucionarios son productos que. Los revolucionarios son los individuos para expresar el deseo de la emancipación humana, de los demás y de sí mismos, aunque muchos también saben que no puede vivir para verlo. Sin duda esto es diferente de revuelta o rebelarse. Los primeros sólo sueños de destrucción pura y simple en el fondo no quieren cambiar nada, sólo quieren destruir lo que él identifica como la causa de sus dolencias. El rebelde es aquel que sólo pide lo que logra y en lugar de transformar radicalmente las relaciones sociales o, en el fondo, cambie su posición dentro de la sociedad, por lo que es fácilmente cooptada y corrompida.

Así, el humanismo radical mantiene la unidad entre el humanismo y el radicalismo. Como era para Marx, "ser radical es ir a la raíz, y la raíz para el hombre es el hombre mismo" (1977). El radicalismo sin rumbo hay pseudorradicalismo. No se puede generar la liberación humana convirtiéndose inhumano. Humanismo sin el radicalismo es el romanticismo y el "radicalismo" sin el humanismo es el extremismo intrascendente. El humanismo romántico genera el reformismo o el sentimentalismo y el extremismo genera el autoritarismo, la moral, el nihilismo. Para praxis revolucionaria o el humanismo abstracto o el extremismo son apropiadas. Sólo el humanismo radical se corresponde con esa práctica. El humanismo radical impide acciones ingenuas derivados del humanismo romántico, como pensando que una demostración popular durante las luchas sociales radicalizados puede apelar a la bondad y la no violencia del aparato represivo del Estado (policía, ejército). Del mismo modo, también evita la práctica del terror jacobea. Como Rosa Luxemburgo de venta,

"La revolución proletaria no necesita terror para lograr sus objetivos, que odia y aborrece el asesinato. No necesita estos medios de lucha porque no combate los individuos, sino las instituciones, ya que no entra en la arena llena de ilusiones ingenuas que perdieron, daría lugar a una sangrienta venganza. No es el intento desesperado de una minoría para moldear el mundo por la fuerza de acuerdo con su ideal, pero compartir la gran masa de los millones de hombres del pueblo, llamado a cumplir su misión histórica y hacer que la necesidad histórica de la realidad "( LUXEMBURGO, 1991, p. 103).
En consecuencia, no puede caer en las falsas ideas románticas humanismo y derivados (el sentimentalismo, el pacifismo, el reformismo) ni el extremismo imprudente (autoritarismo, la moral, el nihilismo, agresión o violencia innecesaria), tanto en los momentos revolucionarios como en períodos de retiro el movimiento obrero, estos dos tipos de acción sólo obstaculizan el avance de la lucha por la transformación radical de la sociedad. Es por esta razón que tanto el humanismo romántico como el extremismo debe ser superada por el humanismo radical.

Referencias

FROMM, Erich. El Dogma de Cristo. Quinta edición, Río de Janeiro, Zahar 1.986.

LUXEMBURGO, Rosa. Lo que sea Liga Espartaco? En: Luxemburgo, Rosa. La Revolución Rusa. Petrópolis, Vozes de 1991.

Marx, Karl y Engels, Friedrich. La ideología alemana (Feuerbach). Tercera edición, São Paulo, Hucitec 1.991.

Marx, Karl. Contribución a la Crítica de la Economía Política. Segunda edición, São Paulo, Martins Fontes, 1983a.

Marx, Karl. Crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción. Revista Temas de Humanidades. Sao Paulo, Grijalbo, vol. 2, 1.977.

Marx, Karl. Manuscritos económicos y filosóficos. En Fromm, E. El concepto marxista del hombre. Octava edición, Río de Janeiro: Zahar, 1983b.

Marx, Karl. The Capital. Vol 1. 3ª edición, São Paulo, Nueva Cultura, 1988.

ROUSSEAU, Jean-Jacques. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Sao Paulo: Ática, 1989.

domingo, 27 de septiembre de 2015

¿Quién tiene miedo de la utopía?

¿Quién tiene miedo de la utopía?



Nildo Viana



El socialismo ha sido a menudo calificado de utopía y esa palabra se entiende como sinónimo de sueño imposible. Ahora, con la llamada ", se ha convertido en socialista" moda intelectual de los países en crisis ", dicen que el socialismo y el marxismo murieron y se ha comprobado su carácter utópico. Esta es la ideología dominante, pero nunca debemos olvidar que "las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante" y que hay que refutarlas.

Comencemos por el significado que se da a la palabra utopía. Para entender cómo "sueño imposible", se convierte en un arma para desacreditar a los opositores del actual sistema social. En la Revolución Francesa de 1789, los realistas han acusado a los republicanos de "utopistas", ya que esto sería sueño imposible. Pero, mientras tanto, se estableció la república, este sueño se hizo realidad. Los que abogan por el mantenimiento del sistema social acusan a las ideas subversivas y revolucionarias de ser utópico. Auguste Comte critica la utopía en la oposición a su realidad. Lo consideró un "sueño metafísico e irracional", en contra de los conocimientos científicos. Tal conocimiento, sin embargo, es el positivismo, que toma la realidad como si no tuviera contradicciones y no se hizo, o están atrapados en la jaula del "eterno presente", ahistórico. Pensamiento conservador que ataca la utopía no puede ver un pie delante de la nariz, que es, por este pensamiento, una "realidad tangible"; está preso pensó en el regalo y que no puede exceder los límites del aquí y ahora; es un pensamiento sin perspectiva y, por tanto, ninguna acción y, por tanto, la actitud pre-humana que da salida a la existente sin intentar adelantarle.

Pero a través de un análisis crítico, podemos decir que la mayor parte de las utopías se puede encontrar en el trabajo de la estructura de la Utopía de Tomás Moro. En la primera parte de este libro, critica la sociedad de su tiempo y el segundo describe la isla de Utopía, que tiene una organización "perfecta" social. Se ve en la primera parte, por ejemplo, una crítica de cerramientos (recintos) en Inglaterra y en la segunda parte se describe una sociedad sin propiedad privada y sin división social del trabajo. Incluso si hubiera la primera parte de la obra, como en muchas otras utopías, sería crítica implícita de una sociedad de tal manera que vivía con la propiedad privada, la división social del trabajo, etc. En el caso de Morus, la crítica es explícita, como se señala en la comparación que hizo entre el trabajo en Utopía y de la sociedad Inglés, como en Utopía no funciona como un "caballo de batalla" de "el amanecer hasta la noche ", lo que sería peor que la" tortura y la esclavitud ", aunque esto está en" otra parte "a" triste destino de los trabajadores ". Utopía significa, pues, una crítica a la sociedad actual y una propuesta para una nueva sociedad. Cada críticas al existente trae en sí, de manera implícita, una propuesta de una nueva sociedad y cada propuesta de una nueva sociedad pone de manifiesto en una crítica de la sociedad existente.

Western marxista Ernst Bloch clasifica utopías en dos tipos principales: el abstracto y lo concreto. De esto podemos decir que Morus, Campanella, entre otros, produjo utopías abstractas, porque, a pesar de tener una revisión y una "alternativa" a la sociedad existente, tenían proyectos que a menudo atendían a los caprichos de algunos individuos o críticas muy limitado y pequeños grupos sociales en lugar de los intereses de la comunidad. Sus propuestas de la sociedad alternativas Se enfrentaron con la posibilidad real de aplicación en el momento en que fueron escritos. Pero el principal defecto de las utopías abstractas y caracterizarlos, según Bloch, es que no lo hacen presentes como es el caso de esta empresa para la sociedad futura.

Otro tipo de utopía abstracta es producida por los socialistas utópicos. Hicieron una crítica más profunda del capitalismo y, a pesar de las deficiencias, este era su aspecto más revolucionario. También propusieron la construcción de nuevas empresas, pero el avance de las utopías anteriores es que la crítica del capitalismo ha convertido mejor a tierra y también comenzó a hacer frente a la transición de una sociedad a otra. Sin embargo, los socialistas utópicos entienden que la transición hacia el "socialismo" se llevaría a cabo con el apoyo del Estado o de las "clases cultas", o incluso por la "educación", la "conciencia" y "razón". Aquí se revela la principal limitación del socialismo utópico.

El otro tipo de utopía, hormigón, se basa, como dijo Bloch, la percepción de la realidad posible, a diferencia de las utopías abstractas. En este sentido, el marxismo es una utopía concreta. Cuando se opera la crítica de la sociedad burguesa, Marx y Engels analizaron las posibilidades históricas de establecimiento del socialismo y cómo sucederían. La utopía concreta es la teoría revolucionaria que no sólo es posible y necesario ya que su aplicación es el resultado probable del proceso histórico.

La crisis del capitalismo de Estado en la URSS y Europa del Este hace que la fracción radicalizada y intelectualizada de nuestras clases de ayuda de la burguesía reanudar las ideas pre-marxistas y pasa a considerar el marxismo como algo "anticuado". Sin la muleta que fue la URSS y Europa del Este, las clases auxiliares de la burguesía no tomar ese "apoyo" para continuar su "lucha heroica" de "socialismo". Aquí es donde los marxistas y ex-marxistas comienzan a calificar a Marx como un idealista. Como dijo Claude Lefort, entre otros, la idea de una sociedad sin clases es solamente un ideal creado por Marx. El suelo ideal para muchos, es sinónimo de utopía. Ambos conceptos, en este caso se entienden como una propuesta que no tiene en cuenta las posibilidades de su realización. En un análisis dialéctico, podemos decir que la realidad de las sociedades modernas está dominada por la explotación, la opresión y la alienación. Esta realidad contradice las aspiraciones humanas se vuelven indeseable y lo ven de esta manera produce la voluntad de crear una sociedad humana. El "ideal" no surge de manera arbitraria, pero la verdadera necesidad. Sin embargo, debido a que el real está en movimiento y el ideal que surge de él es también en movimiento, tratando de superarlos y lo real, se puede decir que es lo real con los posibles caminos que pueden salir que crea el ideal y tal o representa y refuerza uno de estos caminos o surja de estos caminos y se convierte en pura "abstracción". Por lo tanto, este "ideal" no es una creación sencilla "arbitraria e ilusoria", pero la verdadera negación.

De esto podemos decir que Marx no era el sentido filosófico idealista de la palabra, pero era idealista de la noción común que une a esta palabra la posición de una persona que tiene un sueño. Sin embargo, Marx no era un idealista como Morus y Campanella. En este caso se trata de la misma distinción entre utopía utopía abstracto y concreto presentado anteriormente. Marx no era un ideal abstracto, sino un ideales concretos y no hace tal distinción es lo mismo que trabajar con la propaganda conservadora, muchos "marxistas" están haciendo después de que el estado de crisis del capitalismo (el "socialismo").

Vamos a ver si la utopía marxista es concreta o no. No es el "marxismo" dos posiciones en el establecimiento del socialismo: el economista e idealista (en el sentido filosófico de la palabra). La posición economicista genera otros dos lugares: los reformistas y catastrófico. La posición reformista concibe el desarrollo económico del capitalismo conduce a su propia capacidad de recuperación y por lo que es posible pasar al socialismo ganando terreno poco a poco en el Parlamento y en el estado y pasar de este socialismo edificio. Esta es la propuesta del socialismo evolutivo de Kautsky y sus seguidores. La posición catastrófica concebir que habrá una "crisis final del capitalismo" y por lo tanto debe preparar un partido de clase que tomar el poder con el auge de la famosa "crisis final". Esta es la propuesta de Amadeo Bordiga.

La posición idealista también genera otros dos lugares: el espíritu revolucionario de vanguardia y al reformismo de vanguardia. Fans de espíritu revolucionario de vanguardia conciben que las "condiciones objetivas" de la revolución socialista están maduras, y lo que falta son las "condiciones subjetivas" que serán creados por el "Partido de Vanguardia", debido a la incapacidad de la clase obrera espontáneamente adquirir su conciencia clase. Es la fiesta, a través de sus intelectuales, la elaboración de la conciencia socialista e introducir el proletariado y por lo tanto tiene el "derecho histórico" para dirigirlo hacia la conquista del poder del Estado. En este caso no es una clase, pero el partido es el sujeto revolucionario. Esta es la propuesta de Lenin y los bolcheviques. Otros, los reformistas de vanguardia, dicen que la ideología burguesa domina toda la sociedad, incluyendo las "clases inferiores", entonces le corresponde a los intelectuales de la fiesta de elaborar una nueva "visión del mundo", "nuevos valores", etc., y por lo tanto unificar dichas clases y promover un cambio cultural y así ganar la hegemonía, se requiere la puesta en práctica del socialismo. Esto y la propuesta de algunos "intérpretes" de Gramsci.

Pero estas posiciones son compatibles con Marx? Según Marx, el comunismo no es un ideal (resumen), sino un movimiento real que suprime el actual estado de cosas. Supuestos reales son el desarrollo universal de las fuerzas productivas y la aparición de una masa de la humanidad carece de bienes en conflicto con un mundo de riqueza y cultura existente producido por el propio desarrollo de las fuerzas productivas. En otras palabras, los supuestos son: la formación del capitalismo y el proletariado y, a través del desarrollo capitalista, la creación de un mercado mundial. El capitalismo crea para desarrollar y fortalecer su propia negación: el proletariado. A partir de entonces el socialismo se convierte en una tendencia histórica.

A partir de esto, podemos decir que el capitalismo es abolida por el desarrollo capitalista y por lo tanto crea el comunismo. Sin embargo, la creación del comunismo es el trabajo de la clase obrera. La primera declaración sin la segunda sólo tiene en cuenta un desarrollo metafísico de las fuerzas productivas, en detrimento de la lucha de clases y las clases sociales que serían, en este análisis, pasivo. El comunismo no se plantea "económicamente" dentro del capitalismo, es decir, el capitalismo, por supuesto, no crea la propiedad colectiva en el interior. El capitalismo no crea el comunismo directamente, pero crea el proletariado, que es la constitución del agente comunismo. El capitalismo destruye a sí mismo, pero eso no quiere decir que el resultado de su destrucción es el socialismo. Bujarin ya se había dado cuenta de que podría surgir una sociedad post-capitalista y no socialista y este sería el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas y Marx dijo que podría haber una abolición positiva de la propiedad privada (burguesa), lo que significa que podría ser, también, una abolición negativo. El método de Marx es, como se dijo Bloch, una "ciencia de la tendencia" y no un determinismo económico puro y duro. El socialismo es una necesidad de la humanidad y una tendencia histórica. Por lo tanto, no es "inevitable", es decir, no es la única posibilidad histórica, aunque es la más probable.

La teoría bordiguista afirma que es el partido que tiene la revolución no es cierto. Como ya he dicho Otto Rühle, "la revolución no es asunto de partido". La revolución proletaria sólo puede ser hecha por la clase y las partes puede incluso hacer "revoluciones" o contra-revoluciones, pero no se puede hacer la revolución comunista. Además, no justifica la teoría mecanicista de esperar la "crisis final del capitalismo", porque, como ya se señaló Marx, las revoluciones se pueden anticipar.

Engels, al criticar a los socialistas utópicos, dijo que su principal problema no se basa en el movimiento laboral. Estos, según Marx y Engels, se produjo en un momento en que el proletariado estaba en formación y, por tanto, "la actividad histórica reemplazar su propia imaginación, las condiciones históricas de emancipación, condiciones fantásticas, y la organización espontánea y gradual del proletariado en clase organización social prefabricado para ellos. En su opinión, la historia del futuro se resume en la publicidad y en la consecución de sus planes de organización social ".

Esta posición sería tomada por Lenin en la Rusia zarista, con su proletariado en formación. Bolchevismo es una expresión ideológica del atraso de la Rusia zarista. La organización social prefabricada por Lenin, el partido de vanguardia, tiene su justificación en la "ideología de vanguardia", según la cual la conciencia de clase no surge espontáneamente en el proletariado, sino sólo a través de los intelectuales burgueses se reunieron en la fiesta. Esta tesis fue apoyada por Georg Lukács filosóficamente quien dijo que la aprobación de la "clase en sí" proletariado "clase para sí" está mediada por el partido, que es donde están los intelectuales. Estos, para descubrir los intereses de clase del proletariado, los atributos de su conciencia que debe tener sus intereses, es decir, la conciencia de clase proletaria es una conciencia que se le atribuye por los intelectuales. Pero dejando a un lado la "fraseología metafísica" de Lukács y Lenin, veamos lo que dice Marx, "las condiciones económicas inicialmente transforman la masa de los trabajadores del país. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Por tanto, esta masa ya está a la vista de la capital, una clase, pero aún así no es por sí misma. En la pelea que señaló algunas fases, esta masa se reúne, constituye clase para sí. Los intereses particulares se convierten en intereses de clase ". Por lo tanto, la conciencia de clase adquieren proletariado (pasa o clase en sí a clase para sí) a través de la lucha de clases, es decir, sin la mediación las partes o intelectuales. Sólo se puede elegir: Marx o de Lenin?

Hoy se ha convertido en algo común a muchos "marxistas" y ex "marxistas" se centra en la conciencia y los valores cambiantes. Algunos de extrema derecha, que dicen representar a una "nueva izquierda", el lanzamiento de sus apelaciones "cultural" para la conquista de la hegemonía de todas las clases sociales, ya que superaron el "mito del proletariado." Este es un hermoso retorno al socialismo pre-marxista basada en un humanismo abstracto que ni el llamado "joven Marx" estuvo de acuerdo. Pero si esos argumentos eran normales en el momento de los socialistas utópicos, dado el grado de desarrollo del proletariado, son hoy más que anticuado y son una expresión de la crisis de conciencia clases auxiliares de la burguesía y no sirven a la lucha por el socialismo. De cualquier manera, lo que favorece la concienciación y cambio de valores en una posición hacia la derecha o hacia la izquierda, es una postura epistemológica idealista que genera una práctica política elitista, ya que son los intelectuales de la "nueva" izquierda que educar al "mundo ignorantes "y hacerlo, como dijo Marx, abrir la boca y tragar el" conocimiento absoluto de pato asado ".

Todas estas posiciones tienen en común, además del positivismo, la negación del papel revolucionario del proletariado. Esto es "pasiva" y sólo entra en juego cuando se le llama por Kautsky a votar en ellas, cuando el bolchevique de vanguardia que impulsa y da la conciencia socialista o se ponen en conocimiento de "aspirantes a reformadores del mundo" (Marx). Si Marx viviera y sus "seguidores" eran sólo estos sin duda sería reanudar Heine metáfora: "Mi mal fue sembrado dragones y han cosechado sólo pulgas".

La creación del comunismo es el trabajo de la clase obrera, entonces es la experiencia histórica del movimiento obrero podemos averiguar cómo esto va a suceder. La teoría socialista justifica su nombre se basa en el movimiento real de los trabajadores. Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, proponen la nacionalización de los medios de producción bajo el control del proletariado organizado como clase dominante, pero después de la experiencia de trabajo en la Comuna de París, se volvieron y dijeron que no acaba de ganar el poder del Estado y lo utilizan de acuerdo a sus intereses, hay que destruirlo y reemplazarlo con la "autogestión de los productores." Después de Marx, era Rosa Luxemburgo, que se basaba en el movimiento obrero real para desarrollar su teoría revolucionaria. Rosa Luxemburgo al observar la explosión de huelgas de masas en varios países y en especial en la Rusia zarista, que establece como la más poderosa arma política del proletariado. El considerado "la teoría anarquista" fue tomado por Rosa Luxemburgo como una fuerza universal de la lucha obrera. Los ataques comenzaron a ser defendido por Bernstein, pero sólo para servir a la lucha parlamentaria de la socialdemocracia alemana y Kautsky y Trotsky pronto abandonó esta posición, el primero en asumir su reformismo y la segunda para unirse al bolchevismo. Después de Rosa Luxemburgo, cayó al suelo consejistas comunista teoría revolucionaria en el movimiento obrero. La revolución rusa, la revolución alemana, entre otros intentos de revolución proletaria en el siglo 20, fue el escenario de huelgas de masas que llevaron a los consejos obreros y eran teóricos como Karl Korsch, Anton Pannekoek, Hermann Gorter, Helmutt Wagner, Paul Mattick, Otto Rühle, entre otros, quienes han tenido esta experiencia de los trabajadores - los consejos de trabajadores - como una forma de organización revolucionaria del proletariado. Pannekoek, dijo en el momento de Marx y Engels no había la posibilidad de predecir claramente cómo el proletariado tome el poder y el viejo poder estatal, el proceso revolucionario, sería destruido y sustituido por los consejos obreros. Sin olvidar los más recientes aportes y nuevas cuestiones derivadas de la evolución histórica, podemos decir que se trata del principal teórico de la revolución proletaria y también que se oponen tanto a la socialdemocracia y bolchevismo, que, como lo fue para el historiador marxista Arthur Rosenberg, no tienen nada que ver con el movimiento obrero.

Pero hoy nos dicen que todo esto es una utopía. Que dicen que son los que tienen "comprometida con la sociedad existente." Son éstas las que tienen miedo de la utopía y sabemos muy bien que nadie teme "sueños poco realistas". No hay nada más ridículo decir que los cambios históricos en la Europa del Este muestran que no habrá cambios históricos. Los ideólogos de la clase dominante son tan competentes en la reversión de la realidad mediante el movimiento muy histórica decir que no existe. Sin embargo, lo más curioso de todo es que los que hasta hace poco llamaban a sí mismos "los defensores de los trabajadores" ahora a echar un discurso conservador en nombre del "realismo político". El comunismo fue a éstos, el capitalismo negando a sólo un "parche" de este.

La fórmula "socialismo democrático" es un bello ejemplo de esto. El socialismo, por naturaleza, es la democracia democrática y genuina sólo puede existir en el socialismo, es decir, una expresión de este tipo es una contradicción. Nos dicen que el socialismo democrático indicará planeando vivir con las leyes del mercado y también con la pequeña y mediana propiedad. ¿Qué es este socialismo? Veamos primero en qué sectores de la sociedad tales beneficios de los proyectos sociales: planificación estatal sirve a los intereses de la burocracia y la propiedad pequeña y mediana sirve a los intereses de la pequeña y mediana burguesía. Ahora vamos a ver lo que pasa con su extensión histórica: cualquier economista sabe que la pequeña y mediana propiedad que viven con las "fuerzas del mercado" pronto se convierten en grandes propiedades, es decir, hay un retorno a la situación anterior. Para los trabajadores de tales ondas propuesta única con la "redistribución del ingreso", es decir, la disminución de la tasa de explotación y no su abolición. Esta propuesta tiene como objetivo construir realmente un capitalismo reformado y no el modo de producción comunista.

El comunismo no es la redistribución del ingreso, sino un modo de producción en el que los trabajadores en coche colectivamente los medios de producción implantar relaciones comunistas de producción, para la redistribución de la renta puede ser hecho de nuevo una y otra contra los trabajadores si no detener a la propiedad y la dirección de los medios de producción. Es el modo de producción que determina la distribución y es por eso, entre otras razones, que el comunismo se basa en la producción. El concepto de "socialismo democrático" sólo ataca a las cuestiones superficiales del capitalismo y no esenciales. Restos producción mercantil, la ley del valor, la propiedad privada, las clases sociales, el trabajo asalariado, más valor, el estado, etc., y en consecuencia, la explotación, la opresión y la alienación. El "socialismo democrático" del socialismo en un solo nombre. Bajo la apariencia de realismo político, se aferran al positivismo y el reformismo. Pero en contraste está la utopía con su carácter crítico-revolucionario negar el realismo político y su conservadurismo inherente.

El comunismo es la socialización de los medios de producción basado en la propiedad social. Paul Mattick tenía razón cuando dijo que "nada prueba con más fuerza el carácter revolucionario de las teorías de Marx que la dificultad de garantizar la continuación de sus períodos no revolucionarios." La superación de movimiento del capitalismo al comunismo se convierte en sólo un nombre que justifica incluso la permanencia de la sociedad burguesa, ahora reformado. Aunque dicen que el marxismo murió, la tendencia es el surgimiento del movimiento revolucionario y en consecuencia del marxismo. La clase obrera va a ir su camino y dejar que otros balbucean.

Artículo publicado originalmente en: Diario Brasil. Revolucionario. Año 2, n. 7, diciembre de 1990.