miércoles, 1 de febrero de 2017

LA CRISIS MUNDIAL Y EL MOVIMIENTO OBRERO

LA CRISIS MUNDIAL Y EL MOVIMIENTO OBRERO

Paul Mattick

El desarrollo del capitalismo es inseparable de las crisis: esta ley se confirma empíricamente de vez en cuando. A pesar del retorno de las crisis la economía burguesa no ha propuesto, hasta hoy, ninguna teoría que se adapte a la realidad. La razón es que el punto teórico del que parte es en si mismo erróneo. La teoría capitalista, en efecto, partía de la idea errónea de que la producción estaba subordinada al consumo y que, por consiguiente, la oferta y la demanda se adaptarían en el mercado. Aunque se reconocía que este mecanismo de ajuste podía verse interrumpido debido a superproducciones parciales, se estaba convencido de que el mecanismo del mercado resolvería, de modo espontáneo, estas discordancias. La teoría del mercado, como la teoría del equilibrio a partir del cual la oferta condiciona la demanda y viceversa, todavía está vigente aunque reformulada de distinta manera. En la teoría neoclásica de la utilidad marginal, que se fundamenta en principios psicológicos, se trata simplemente de anunciar de nuevo la vieja teoría de la oferta y de la demanda, que había permanecido intacta hasta 1936.
En primer lugar, hay que afirmar que en modo alguno debe ponerse en duda la realidad de las crisis actuales. Pero, para explicarlas, se ha supuesto que ellas provenían del exterior hacia el sistema, y que podían ser superadas, gracias a la intervención de mecanismos de equilibrio automáticos. La existencia de las crisis no era un hecho inmanente del propio sistema y, por consiguiente, tampoco era una realidad que debiera someterse a la investigación teórica. No es necesario insistir en este punto. Yo insistiré únicamente en que la teoría neoclásica del equilibrio de modo particular bajo su formulación matemática, ha sido considerada como el jalón a partir del cual la economía política se transformó en ciencia, óptica a partir de la cual fue despojada de su carácter histórico. En todo caso se desarrollaba en unos niveles de abstracción que le daban un carácter puramente ideológico y le despojaba de toda su posibilidad de aplicación práctica. Su función ideológica se esfumó, por la fuerza de las cosas, cuando estalló la gran crisis del 29 que hizo perder la confianza en los mecanismos de equilibrio del mercado.
La primera gran crisis de la teoría económica capitalista ha sido pues la consecuencia de una crisis real, duradera y profunda. Si no hubiera estallado, la teoría del equilibrio habría conservado probablemente su formulación neoclásica. Pero el contraste entre la teoría y la realidad era demasiado evidente por lo que se hizo necesario adaptar la antigua teoría a la nueva situación. Esta adaptación, que entró en la historia de las ideas con el nombre de «revolución keynesiana» no hace otra cosa sino tomar nuevamente la antigua teoría del mercado, con la diferencia de que ya no se supone la existencia de la acción eficaz de un mecanismo de equilibrio que opera de modo espontáneo, sino que se habla en su lugar de un equilibrio establecido conscientemente, con la finalidad de aportar una salida a la crisis.
La teoría de Keynes es tan estática como la neoclásica y se fundamenta, como ella, en un imaginario mecanismo de equilibrio. Pero ella añade como elemento nuevo que las modificaciones que conoce el mundo capitalista dificultan cada vez más la posibilidad de mantener el equilibrio únicamente a través del mercado. Partiendo de la antigua concepción de que el consumo determina la producción, basta que aquél se retrase algo en relación a ésta para que las inversiones resulten cada vez menos rentables y que, por consiguiente, lleguen a desaparecer. La relativa saturación del consumo, que se expresa a partir de una demanda insuficiente, llevaría consigo una disminución de las inversiones y, por consiguiente, un aumento del paro. Para reequilibrar nuevamente consumo y producción, oferta y demanda, sería necesario elevar el nivel de consumo mediante el «consumo público» y multiplicar las inversiones mediante «inversiones públicas» a cargo del Estado. La política monetaria y fiscal del Estado sería, por consiguiente, el instrumento adecuado, capaz de actuar de manera positiva no sólo sobre la economía en su conjunto sino también sobre la rentabilidad del capital privado.
Esta teoría traducía una necesidad política, una reacción a las consecuencias sociales de la crisis. Pero era considerada asimismo como un recurso susceptible de facilitar el paso a una nueva coyuntura. Al mismo tiempo que se presentaba como una teoría general, no hacía otra cosa que tomar como punto de referencia la situación específica de la Gran Crisis, para conjurar, en primer lugar, cualquier riesgo de suceso revolucionario. Las propuestas de intervención estatales en la economía iban destinadas a evitar los peligros de un paro masivo pero también a incitar nuevas inversiones privadas, por lo que las intervenciones del Estado continúan sirviendo al capital. Se trataba de lograr lo que se llama el efecto multiplicador de las nuevas inversiones, o sea la hipótesis de que las inversiones efectuadas en una rama de la producción inducen otras en otras ramas. Tal proceso, comparable al de la velocidad de rotación del dinero en circulación, compensaría la falta de rentabilidad de los gastos públicos mediante la elevación de la rentabilidad de la economía privada.
Es totalmente exacto, por descontado, que nuevas inversiones cuando no están compensadas simultáneamente por otros retraimientos de inversiones, tienen como consecuencia el estímulo de la vida económica y la disminución del paro, tanto si son obra del Estado como del capital privado. El aumento de los gastos del Estado, propuesto por Keynes, incluso si su financiación se basa en el déficit presupuestario, tiene pues este efecto estimulante, tal como quedó confirmado con el éxito obtenido gracias a este modelo por parte del programa de creación de empleos del régimen  hitleriano, al igual que el logrado con el New Deal americano. Tales éxitos sólo se entendían, sin embargo, en el contexto de la teoría abstracta y errónea del equilibrio; nada tenían que ver con las exigencias de la producción capitalista. Para ésta, no se trata en modo alguno de asegurar el equilibrio entre la oferta y la demanda, la producción y el consumo, sino únicamente de producir beneficios y de asegurar la valoración del capital existente y su acumulación. Un capital concreto que exista en forma de dinero debe, para satisfacer las exigencias de la producción capitalista, transformarse en una cantidad superior de capital a través del ciclo de la reproducción. En el capitalismo, toda producción que no proporciona ningún tipo de plusvalía es producción sin acumulación y contradice el movimiento del capital.
Una producción que no está hecha en vistas de la creación de plusvalía choca, en el capitalismo, contra ciertos límites. Desde siempre el Estado toma en carga una parte de la producción social, la que asegura los equipamientos públicos indispensables al sistema (la infraestructura). Además ha monopolizado, en muchos países, una parte de la producción global y se sitúa así entre los empresarios productores de plusvalía. Toda una parte de la producción social es, por consiguiente, asumida por el Estado, a distintos niveles. Pero en general es el capital privado quien asegura la mayor parte de la producción social y determina sus características y su desarrollo. La creciente importancia de la producción viene determinada por la acumulación del capital global, es decir del capital privado; no tiene nada que ver con la lucha contra las crisis mediante el aumento de los gastos públicos, se trata al contrario de un fenómeno secundario que acompaña siempre el desarrollo capitalista. Las políticas de equilibrio económico del Estado no representan nada más que intervenciones suplementarias en la economía, que sobrepasan los gastos habitualmente necesarios; es una producción inducida por el Estado para reactivar la producción social global.
En los remedios keynesianos contra las crisis, no se trata en modo alguno de restringir el capital privado en provecho del sector del Estado, sino más bien de multiplicar la demanda global en el marco de la producción de capital. Ya que la demanda, según esta teoría, depende del consumo y que este es insuficiente para asegurar el pleno empleo, hay que ampliarlo incrementando el «consumo público» que no es suscitado por el mercado. Para no debilitar todavía más la demanda presente en el mercado y ya insuficiente, sin que por ello entre en competencia con el capital privado, el estado debe limitar la producción inducida en el «consumo público», es decir en los trabajos públicos, en la producción de armamento, en la investigación espacial y en otros campos semejantes.
El capital, para comportarse como tal, debe acumularse, es decir, añadir una parte de la plusvalía producida sobre la cantidad de capital ya existente. Desde este punto de vista, cualquier aumento del consumo, tanto si es público como privado, disminuye la cantidad de plusvalía disponible para la acumulación. Lo que es consumido no puede ser acumulado, es decir transformado en instrumentos de producción y en fuerza de trabajo que permita aumentar el provecho y el capital. De todos modos la política de Keynes correspondía a una situación transitoria, en la que un simple aumento de la producción genera un clima económico que incita al capital privado a también invertir. Este suplemento de producción privada para el mercado debería provocar una expansión donde la producción inducida por el Estado e incapaz de producir ningún beneficio sería compensada por el aumento de la masa de beneficio en la producción privada. Los déficits de la producción inducida por el estado serían, en aquel momento, anulados por los nuevos beneficios.
Pero si no sucede así, la producción suscitada por el Estado representa un aumento de la deuda pública, una acumulación de deudas privadas sobre el Estado. Si el Estado aumenta los impuestos para poder cubrir los gastos públicos destinados a estimular la demanda, por un lado disminuye simultáneamente las posibilidades de acumulación ya reducidas del capital privado y, por otro lado, simplemente desplaza la demanda del sector privado hacia el sector público, sin modificar en modo alguno el volumen de la demanda global. Para aumentarla hay que recurrir al financiamiento mediante el déficit presupuestario, con la extensión del crédito de Estado. Pero como la producción se encuentra reducida por la disminución e incluso por el paro total de la acumulación, no sólo las capacidades productivas permanecen sin emplear, sino incluso el capital-dinero ya que no puede ser nuevamente invertido de manera rentable y no permite el paso de la forma dinero a la forma capital. Este capital inerte en forma de dinero, el Estado puede obtenerlo del capital privado, hasta el punto de hacer subir sus gastos por encima de las posibilidades impositivas. Estos empréstitos de Estado constituyen el financiamiento mediante déficit presupuestario de los gastos públicos. Aunque permita aumentar la producción, no aumenta la producción de beneficio. Si llegara el caso, los poseedores de capital invertirían ellos mismos su dinero desempleado. Si se recurre a la producción realizada por el Estado, es sencillamente para aumentar la producción sin consideración de rentabilidad.
A pesar de que las inversiones del Estado tengan como efecto ampliar la producción global, la masa de plusvalía adquirida por el capital privado permanece inferior al aumento de la producción, de manera que la producción global tiene a su disposición una masa de beneficio relativamente disminuida, con tendencia a mayor disminución a medida que se amplía la producción inducida por el Estado e improductiva de beneficios. Si el Estado pide prestado el dinero no empleado del capital privado, es necesario que le pague un interés. Ya que la producción inducida por el Estado no produce ningún tipo de beneficio, tampoco puede cubrir ningún interés, ya que éste corresponde a una parte de los beneficios. Este interés, por consiguiente, debe ser cubierto sea por los impuestos sea por otros empréstitos del Estado. Por consiguiente, no sólo la producción no crea beneficios, sino que el reembolso de las deudas del Estado que han facilitado esta producción complementaria tiene que ser cubierta por el sector privado. Pero como las deudas del Estado pueden ser siempre nuevamente consolidadas, desde un punto de vista práctico sólo son los intereses los que gravan los empréstitos del Estado, de manera que el aumento de la producción representa un aumento de la deuda pública que no encuentra ningún tipo de trabas a condición de que la producción global aumente más rápidamente que la carga de intereses que ella misma genera.
Sin embargo, de lo que se trata en el caso del aumento de la deuda pública, es de una destrucción del capital, porque no puede generar ninguna producción capitalista, es decir capaz de producir beneficios. Pongamos un ejemplo: durante la Segunda Guerra Mundial, la deuda pública de Estados Unidos alcanzó 300 mil millones de dólares, que sólo existían teóricamente en los títulos de empréstito. El equivalente a esta suma fue utilizado durante la guerra, en cierta manera «consumido», y, por consiguiente, desapareció. Una plusvalía, recogida en una época anterior y que permanecía sin emplear como capital, se había transformado en gastos militares y, de este modo, se había evaporado. Detrás de la deuda pública, no queda sino la posibilidad que siempre tiene el Estado de aumentar los impuestos y lanzar nuevas emisiones de endeudamiento. A pesar de que el equivalente de la deuda del Estado, es decir los gastos militares, pertenezcan al pasado, el Estado deberá todavía pagar los intereses y, de manera simultánea, intentar librarse de su deuda, cosa que sólo es posible si el capital privado amasa nuevos beneficios y en proporción creciente.
Pero, dado el hecho de que la tendencia a la baja en el índice de beneficios es inseparable del desarrollo del capital, cada vez es más difícil encontrar una solución al problema del endeudamiento del Estado provocado por los gastos públicos a cuenta del déficit presupuestario. Esta es la razón por la que el endeudamiento del Estado nunca es prorrogado sino simplemente anulado –como por ejemplo en Alemania durante 1923– debido a una inflación galopante. La ampliación desmesurada de la deuda pública ya constituye por si misma una especie de expropiación del capital privado, e incluso es posible leer la expropiación rampante del capital en el índice de endeudamiento del Estado, que impide la prosecución de la acumulación. Pero esto sólo es válido cuando el capital se encuentra efectivamente en una situación de crisis permanente, acompañada de un continuado aumento de gastos públicos. Si evocamos esta posibilidad es simplemente para indicar que cuando se lucha contra la crisis mediante el gasto público, se tropieza con limitaciones totalmente determinadas, que no pueden ser franqueadas sin poner en peligro al propio capital. Si llegara a instalarse una crisis duradera, se llegaría a constatar, durante su curso, que la intervención del Estado, aunque estimulara la economía en un momento inmediato, sólo lo logra mediante el precio de la destrucción a largo término del capital privado.
Para disipar ciertos malentendidos, es necesario hacer hincapié en el hecho de que esto sólo es exacto desde un punto de vista global. Para el capital privado que logra acrecentar su producción gracias al gasto público, esta producción inducida complementaria es muy beneficiosa. Pero la plusvalía o el beneficio, que se encamina hacia estos capitales particulares, no se realiza en modo alguno por la producción global regida por el mercado sino que proviene de la plusvalía producida en períodos anteriores, que ya existía, no producida en aquel momento. En otras palabras, estos capitales «realizan» sus beneficios a partir del capital-dinero no empleado que les atribuye el Estado mediante sus inversiones. Las ganancias realizadas por cualquier capital concreto favorizado significa una pérdida para el capital global, una utilización del capital-dinero acumulado. Es este capital-dinero no empleado el que reinicia el movimiento de los medios de producción y de las fuerzas de trabajo inmovilizadas, y su volumen fija los límites de este crecimiento de la producción. Desde el momento en que la ampliación de crédito mediante capital no empleado se agota, un nuevo aumento del gasto público sólo es posible mediante una clara inflación, gracias a la creación de dinero y su posterior devaluación. Si el financiamiento por déficit presupuestario mediante empréstitos de Estado ya es un proceso inflacionista, este proceso permanece limitado y controlable, mientras que la pura y simple inflación de billetes de banco no encuentra ningún límite objetivo.
Es inevitable que el crecimiento continuo de un sector de la economía no productor de beneficio ponga al final en crisis al propio sistema de producción capitalista. Por este motivo, el mantenimiento de un cierto nivel de producción y de empleo deseado, no puede ser otra cosa que una posibilidad transitoria. Un remedio que –tarde o temprano- será desechado por una nueva coyuntura del capital privado. Puesto que el Estado es el del capital privado, la política anticrisis que pone en pie mediante la financiación de gastos públicos subvencionados por el déficit presupuestario encuentra un término cuando su propia extensión la transforma de momentáneo elemento de estabilización económica en algo contrario, un factor agravante de la crisis. Desde aquel momento, se impone nuevamente la antigua ley de las crisis. Para tratar ahora de los problemas económicos de hoy en día, es necesario constatar en primer lugar que las grandes crisis de nuestro siglo, a diferencia de las del siglo XIX, no se han superado gracias a medidas «puramente económicas». Durante el siglo pasado todo el mundo se adaptaba a las consecuencias de la crisis y de la recesión sin intentar atenuarlas o superarlas con intervenciones deliberadas. La primera gran crisis del siglo XX llegó durante la Primera Guerra Mundial, cosa que no significa, en modo alguno, que la guerra fuera consecuencia de la crisis, sino simplemente que la situación de crisis preexistía y que si no se la reconoció como tal, fue porque la guerra imperialista le dio otro aspecto. La crisis de 1929, nacida en América, alcanzó a todo el mundo, y tanto más debido al hecho de que las naciones europeas todavía no habían podido desasirse totalmente de la crisis anterior. La situación de crisis declarada por la Primera Guerra Mundial se prolongó en una crisis de posguerra, a pesar de las fluctuaciones con que se manifestó la recesión. Pero no se logró encontrar de nuevo una progresión de la acumulación. El relativo estancamiento de la economía europea no podía sino poner trabas a su vez a la prosperidad que el capital americano conoció después de la guerra. La economía americana, en principio, había conocido un impulso poderoso, aunque insuficiente para arrastrar al conjunto de la economía mundial. Cuando la prosperidad americana naufragó, llegó la crisis mundial.
Fue entonces cuando Keynes elaboró las modificaciones de la teoría neoclásica (que ya había encontrado anticipaciones prácticas en distintos países donde los Gobiernos habían intervenido en la marcha económica). Pero estas intervenciones no habían significado ningún éxito notable, y esta fue la causa que explica que la aportación de Keynes a la teoría clásica del mercado tardara en imponerse. Por otra parte, es exacto que la política armamentística de Hitler financiada con el déficit presupuestario y otros medios logró detener el paro. Pero los mismos factores que comportaban este resultado agravaban simultáneamente la crisis hasta el punto de no permitir otra elección final que una descomposición más total de la economía –a pesar de la intervención del Estado– y una solución imperialista violenta, es decir la guerra. El capital alemán jugó la carta de la guerra, para hacer pagar a los otros países el salvamento de su propia economía. En los Estados Unidos gracias al New-Deal (que aunque nada debía a las ideas de Keynes, sin embargo respetaba sus principios teóricos) el paro descendió de 15 millones a 8 millones de personas. Pero, hacia 1937, parecía que se habían agotado todos los medios de lucha contra la crisis. Fue necesario el esfuerzo de armamento cara a la Segunda Guerra Mundial, realizado al finalizar la guerra española, para que el paro pudiera todavía reducirse más. Sólo la guerra permitió el pleno empleo, tanto en América como en los demás países beligerantes. El programa de Keynes encontraba su realización en la producción de guerra, es decir, en condiciones que excluían la acumulación. Por ejemplo, en Estados Unidos, el índice de acumulación descendió por debajo del 1%, de manera que el capital sólo alcanzaba para reproducirse. Casi la mitad de la producción total fue utilizada para fines militares, y lo que se destruye en la guerra no puede servir para la acumulación. El pleno empleo estuvo pues acompañado de una reducida acumulación capitalista a nivel cero; en otras palabras, una producción que sólo era capitalista en sus principios teóricos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el capital internacional conoció un relanzamiento inesperado, y que no cuadraba con las teorías de Keynes.
Según éstas, el punto de referencia era una situación de estancamiento económico que podía remediarse gracias al aumento de la demanda pública. Sin embargo, los teóricos de inspiración keynesiana vieron en el relanzamiento general de la economía la confirmación de sus ideas. Cosa que no correspondía a su manera de pensar. En realidad este relanzamiento, como los precedentes, era consecuencia de la crisis que lo había precedido. El estancamiento del capital europeo entre las dos guerras mundiales y la enorme destrucción de capital, tanto bajo su forma de valor como bajo su forma física, realizada por la guerra, comportaron una modificación general de la estructura del capital que permitió elevar los beneficios en relación a un capital disminuido, hasta un nivel suficiente para asegurar un relanzamiento de la acumulación. El secreto de la alta coyuntura de la postguerra, es la destrucción del capital por la guerra y la crisis. No son los métodos keynesianos de orientación de la actividad económica, sino los propios mecanismos de crisis de acumulación del capital, los que explican este relanzamiento.
Desde un punto de vista marxista, este relanzamiento no tenía nada de sorprendente. El índice medio de beneficio, y por consiguiente el índice de acumulación del capital, depende siempre de la situación del capital global o, en términos marxistas, de la composición orgánica del capital. La destrucción del capital, asociada a una elevación de la productividad del trabajo, puede engendrar un índice de beneficio que permita pasar de la recesión a una nueva fase de prosperidad. Es así como se realiza la acumulación del capital a pesar de la crisis y gracias a ella, siempre que el beneficio corresponda a las exigencias de la acumulación. La reorganización de conjunto del capital condujo a un relanzamiento. Se hubiera podido pensar que la adaptación del beneficio a la acumulación estaba objetivamente excluida; pero una efectiva reactivación económica confirma que no fue este el caso.
Es el mecanismo de las crisis del capital, y no la manipulación keynesiana de la economía, lo que explica la duración de la coyuntura favorable durante los años de la posguerra. Por otra parte, esta reactivación no estuvo exenta de contragolpes, porque afectó a modo muy diverso a los distintos países.
En muchos países, y de manera muy particular en Estados Unidos, el Estado intervino constantemente en la actividad económica, mediante el camino de la política monetaria y fiscal, para poner remedio a las recesiones que venían incluso durante el periodo de relanzamiento. La prosecución de la política imperialista supuso la exclusión de cualquier tipo de reducción de los gastos del Estado improductivos destinados a fines militares, e impuso el mantenimiento y la extensión del sector no rentable de la producción global. Sin embargo, la expansión del capital era bastante importante para provocar un relanzamiento general, en el que la parte de la producción inducida del Estado disminuía proporcionalmente a pesar de continuar siendo un elemento significativo de la producción global. El mantenimiento en tales condiciones de lo que era considerado como una situación de prosperidad capitalista, provocó el nacimiento de una ilusión por la que se pensaba que se había logrado finalmente poner término a las cíclicas crisis del capital, gracias a los métodos de Keynes. La era de las crisis parecía superada para siempre, porque se creía poder establecer, mediante la intervención central en el funcionamiento económico, un equilibrio entre la oferta y la demanda asociado al pleno empleo. La aparente posibilidad de regulación económica del mercado por parte del Estado, con el consiguiente desarrollo sin crisis que permitía, impresionó incluso al campo anticapitalista, hasta el punto que se quisieron asociar las ideas marxistas a las de Keynes,y que se dijo que se iniciaba un nuevo período de desarrollo capitalista incapaz de ser explicado por la ley de las crisis de Marx. Basta pensar en personas como Marcuse, Baran y Sweezy, para darse cuenta hasta que punto influyeron las nuevas ilusiones capitalistas en aquellos que se consideraban sus críticos.
En el paso realizado por Keynes de lo que se llama de la microeconomía a la macroeconomía, es decir la toma en consideración de los problemas sociales antes olvidados, todavía hay algo de estático, porque no se considera el desarrollo del capital; pero la elaboración de la teoría de Keynes ha supuesto muchas tentativas para darle un carácter dinámico o, si se prefiere, para profundizar sobre las leyes del desarrollo y del movimiento del capital. Si esto se pudiera considerar un programa para la economía política burguesa, tal progreso no sería sino volver nuevamente a los clásicos de la economía política, y de modo muy particular – aunque sin citarla- a la teoría marxista del desarrollo capitalista.
Se reconocían ahora las dificultades inherentes al desarrollo capitalista y, por consiguiente, la tendencia a perturbar incesantemente el equilibrio anteriormente alcanzado. Pero ello era para llegar a la conclusión de que las contradicciones inmanentes del sistema se podían suprimir mediante una intervención durable y planificada del Estado. En el lenguaje de la apologética capitalista, como el que empleaba por ejemplo Samuelson, el desarrollo del capital concebido como «crecimiento», tendía ciertamente a la inestabilidad, pero ésta podía ser eliminada mediante la orientación de la economía, del mismo modo que una bicicleta cae al suelo si se la deja sola, pero permanece en equilibrio cuando está montada por un ciclista. Esta concepción optimista fue casi el patrimonio de la teoría económica burguesa.
¿Qué fue lo que pasó realmente? Repitámoslo todavía otra vez: la guerra había destruido hasta tal punto la economía europea y japonesa, que la resurrección no podía ser considerada de otro modo que como un proceso muy lento.
Simultáneamente a las fuerzas productivas, el capital había también desarrollado las fuerzas destructivas, que habían alcanzado mucho más gravemente a los países comprometidos en la guerra que no durante la anterior contienda mundial del 14. Además de las consideraciones políticas suscitadas por un nuevo adversario, el imperialismo soviético, también había razones propiamente económicas para incitar al capital americano a acelerar la reconstrucción del capital occidental, mediante empréstitos y el Plan Marshall. Con ello, no sólo se lograba beneficiar directamente a los que obtenían la ayuda americana sino también a la propia economía americana, porque la importación de capital por los otros países se traducía, necesariamente, en exportación de mercancías americanas. De esta manera, la vida económica se reanimaba por ambas partes, tanto en los países importadores de capital como en los exportadores de mercancías. La destrucción de los valores capitalistas en Europa y Japón, la anulación de las deudas mediante las devaluaciones, las aplicaciones de nuevas tecnologías y de nuevos métodos de producción, asociadas a un índice de explotación elevado debido a la penuria provocada por la guerra, todo ello permitió índices de beneficios y un índice de acumulación que se elevó a casi el 25 % de la producción global. Fue precisamente este índice de acumulación excepcional, unido a circunstancias particulares, el que entró en la historia con el nombre de «milagro económico» y que mejoró progresivamente el grado de competitividad de Europa y Japón en el mercado mundial.
Como contrapartida, la economía americana se caracteriza por un índice de acumulación muy bajo, que se mantuvo por debajo de sus promedios históricos durante toda la posguerra, sin superar nunca el 3 ó el 3,5 %. Precisamente debido al hecho de que el capital americano estaba alcanzado por la sobreacumulación (con lo que no era posible que los beneficios correspondieran a las necesidades de valoración del capital), la posibilidad de exportarlos hacia otros países permitía asociarlos al auge que conocían los países en reconstrucción. A este factor hay que añadir también los nuevos compromisos imperialistas a escala planetaria, interviniendo en los desarrollos políticos asiáticos (guerras de Corea y de Indochina). La exportación de capital, y los gastos unidos a las expediciones imperialistas que exigían anualmente de 20 a 25 mil millones de dólares, excluían una disminución del presupuesto del Estado e imponían la financiación de la política extranjera imperialista mediante métodos inflacionistas, ya que el índice de beneficios era relativamente bajo. La adopción del dólar como referencia internacional y unidad monetaria de reserva permitió al capital americano, acelerando la creación de moneda, no sólo el penetrar profundamente en la economía europea, sino también de manera simultánea estimular la producción americana gracias a la producción inducida por el Estado. Sin alcanzar el pleno empleo, el elevado índice de empleo provocó esta ilusión de un desarrollo capitalista exento de crisis, tal como decíamos antes.
Sin esta producción inducida por el Estado, el número de parados hubiera sido mucho más elevada de lo que fue, porque el índice de acumulación no permitía conseguir el pleno empleo. Pero, incluso durante los últimos años de la guerra de Indochina, la capacidad de producción americana sólo se empleaba en un 86 % y el desempleo oscilaba entre el 4,5 y el 5 % de la población activa. Por consiguiente, el período de posguerra fue muy distinto en Estados Unidos y en Europa y Japón, y la reactivación general de este período llevaba consigo ya el germen de la destrucción, que se manifestaba anticipadamente en la diversidad de condiciones de acumulación propias de cada país capitalista. Pero como América casi aseguraba la mitad de la producción mundial, el relativo estancamiento del capital americano era el índice de una rentabilidad insuficiente en relación de las exigencias de beneficio del capital mundial, aunque esta podía quedar enmascarada durante mucho tiempo mediante la adopción de manipulaciones monetarias y políticas de crédito, capaces de hinchar los beneficios. La prosperidad se acompañaba de una «inacción rampante».
Dado que la intervención del Estado en la economía descansa, en lo que se refiere a la extensión de la producción, en la capacidad del Estado para ofrecer un sentido de respuesta, esta intervención tiene una eficacia análoga a la creación de crédito en el sector privado. En la teoría de Marx, pero también en las teorías burguesas, un desarrollo excepcional del crédito siempre ha anunciado una crisis próxima, ya que es signo de una competencia más dura para un margen de beneficio en manifiesta disminución, cosa que conduce a una concentración y centralización más exageradas del capital. Los trusts capitalistas se esfuerzan cada uno en obtener una parte más importante del beneficio social global, ampliando su producción y bajando sus precios gracias al crédito – con lo que se agrava la sobreacumulación de capital que ya se manifestaba en la penuria de beneficios-. A pesar de todo, el primer efecto de la extensión del crédito, en la medida en que multiplica efectivamente la producción, consiste en retrasar el estallido de la crisis. La actividad económica es más intensa de lo que sería sin esta extensión. Pero la multiplicación de la producción no significa necesariamente la de los beneficios globales. Basta que la relación entre el índice de explotación y la estructura del capital global sea la misma, retrasando momentáneamente la crisis, para preparar una crisis más profunda todavía, así que la prosperidad provocada mediante el crédito se demuestre ilusoria. Una extensión demasiado rápida del crédito, que encuentra tarde o temprano su límite en el índice de interés determinado por el índice de beneficio, siempre ha sido la expresión de las contradicciones inherentes al sistema capitalista, y la propia economía burguesa siempre la contempló con el mayor escepticismo.
Pero lo que nos importa aquí es que la extensión del crédito siempre tuvo un efecto inflacionista. Si los precios suben es para que la mayor inversión en capital quede justificada cuando el índice de beneficio está estancado, con la finalidad de ganar en la esfera de la circulación lo que no puede obtenerse en proporción suficiente en la producción. Como los precios nunca suben de igual modo y dado que, de modo particular, el precio de la fuerza de trabajo siempre va retrasado en re1ación al aumento general de los precios, resulta una modificación de la relación salario/beneficio, en ventaja del beneficio capitalista. También se provoca un desplazamiento general de la estructura de las rentas, en detrimento de las capas sociales cuyas rentas no siguen el ritmo de los aumentos de precios. El capital intenta garantizar sus beneficios cargándolos a la sociedad y principalmente a los trabajadores aunque sin lograr mantener o encontrar de nuevo su capacidad de acumulación. En cualquier caso, el crédito no ha sido capaz hasta el momento presente de suprimir nunca el ciclo de las crisis capitalistas; es la propia crisis la que elimina al crédito como medio para relanzar la producción.
Dado que la producción inducida por el Estado mediante el crédito no genera, desde el punto de vista de la sociedad, ni provecho ni interés, sólo encuentra límites objetivos en la masa de capital presente pero no empleado, que el Estado toma en empréstito al capital privado. Esta fracción del capital privado, que resurge en forma de deuda pública, financia también los intereses que gravan los empréstitos del Estado. Si estos límites objetivos del endeudamiento del Estado son alcanzados, el mantenimiento de la producción inducida por dicho endeudamiento depende entonces de la capacidad del Estado para crear moneda; en otras palabras, depende del financiamiento de esta producción mediante «la máquina de fabricar billetes» o mediante la pura y simple inflación provocada por la devaluación. Pero el financiamiento mediante la deuda pública es en si mismo un proceso inflacionista, aunque más lento, porque el beneficio social no se acrecienta al mismo ritmo que la producción en su conjunto, y esta distancia creciente entre el beneficio y la producción conlleva inevitablemente un alza de precios. De hecho, el financiamiento mediante los empréstitos de Estado se acompaña de una aceleración de la creación de moneda de manera que, por un lado, se anima a la inversión privada con la baja de los índices de interés, mientras por otro lado se procure disminuir la carga de intereses del Estado.
Nadie ha puesto jamás en duda que los métodos propuestos por Keynes no fueran inflacionistas; él mismo y sus seguidores han visto, por el contrario, que en ello residía el secreto de la estabilidad capitalista. Sin embargo, se admitía que los procesos inflacionistas conducían a un nuevo equilibrio económico que ponía término a la fase inflacionista. Pleno empleo acompañado de la estabilidad de los precios, tal era el objetivo a alcanzar; los métodos inflacionistas podían ser utilizados o abandonados según las necesidades de cada momento. Mientras existiera paro, la inflación sería el único modo de atenuarlo o de eliminarlo. Una vez alcanzado el pleno empleo, se podría parar la inflación utilizando medios deflacionistas, compensando los déficits anteriores gracias a los nuevos beneficios. En cualquier caso, se creía firmemente en la posibilidad de conducir la economía hacia una política fiscal y monetaria perspicaz, según los deseos del gobierno. Si la supresión del paro y de los problemas sociales que comporta se acompañaba de una inflación rampante, éste era un precio en cualquier caso menor a los ojos de los economistas. Más valía el pleno empleo con una tendencia a la inflación que no resignarse al creciente paro por miedo a la inflación. Por otra parte, se constató que tanto hoy como en el pasado, cualquier coyuntura favorable iba acompañada de aspectos inflacionistas. El pleno empleo se asociaba siempre al alza de precios, como lo había históricamente establecido el economista inglés Phillips; la baja de los precios siempre iba acompañada de un índice elevado de paro. Por consiguiente, en la inflación actual, todavía se veía la aplicación de una especie de ley natural que asociaba el pleno empleo y la inflación. Así, no sólo la inflación se explicaba mediante el pleno empleo, sino que era imputada a los trabajadores porque se les consideraba responsables del aumento de los precios, debido a los mejores salarios que lograban en período de pleno empleo.
Llegó el día. sin embargo, que tuvo que admitirse que no sólo el pleno empleo era inseparable de la inflación sino también que ésta aumentaba incluso en período de creciente paro. La recesión económica, en lugar de frenar la inflación, no hacía sino acelerarla. Un hecho que combinaba mal con las teorías económicas más extendidas. El arsenal anticrisis de Keynes demostró ser ilusorio, y ante la nueva crisis que se anunciaba, nos encontrábamos tan desarmados como ante las precedentes. Esto no hacía sino confirmar una vez más lo que se había perdido de vista durante el largo período de alta coyuntura que habían conocido algunos países occidentales; saber que es imposible regularizar el sistema capitalista y que la única regulación que en cierta medida existe es la del retorno de las crisis. En el siglo XX como en el anterior, el proceso de acumu1ación del capital comporta el paso de un período de expansión a una situación de crisis, condición necesaria para una nueva acumulación, y esto siempre que quede una posibilidad objetiva de restablecer la rentabilidad perdida.
Queda claro que es exacto que la intervención del Estado puede influir en el curso de la actividad económica y que, cuando se entra en una situación de crisis, es posible atenuar sus efectos ampliando la producción gracias a este método intervensionista, aunque sin influir en modo alguno sobre la tendencia hacia la superacumulación que resulta del imperativo de valorización del capital. Si se confirma la crisis de sobreacumulación, se constata que las tentativas para atenuarla gracias a la orientación económica del Estado no hacen sino agravarla. En tales circunstancias, la crisis se traduce del modo más clásico, mediante la caída de la producción, el desempleo masivo, la destrucción de capital y de la fuerza de trabajo y la intensificación de la competencia entre capitales. La crisis general del capital, nacida de la relación entre las clases sociales y que resulta, en definitiva, de la producción del capital, no puede resolverse por los métodos con pretensiones de nuevas orientaciones de la economía capitalista, sino solamente –si esto es posible- por los medios destructivos, los mismos que ya en el pasado permitieron salir de la crisis y suscitar una reactivación. Si la burguesía ha creído haber encontrado el camino de un desarrollo capitalista exento de crisis, la crisis que se anuncia atestigua una vez más que la economía burguesa es incapaz de comprender su propio sistema y todavía menos de dirigirlo. Lo que empieza a pasar es la verificación empírica de la teoría de la acumulación de Marx, entendida como teoría de la crisis capitalista.

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